Al irrumpir en el congreso de la república, con militares y policías con armamento pesado, el pasado domingo 16 de febrero, el presidente Nayib Bukele elevó la crisis política y social que vive el país. Como los legisladores no le aprueban un préstamo de 109 millones de dólares para su plan de Seguridad de Control Territorial el mandatario dice que ha perdido la paciencia:
“Si estos sinvergüenzas no aprueban esta semana el Plan de Control Territorial, los volvemos a convocar, le volvemos a pedir sabiduría a Dios y le decimos: Dios, tú me pediste paciencia, pero estos sinvergüenzas no quieren trabajar por el pueblo. Si no aprueban el préstamo el Consejo de ministros los va a volver a citar y si aun así no lo aprueban, el pueblo deberá poner en práctica el artículo 87 de la Constitución" (dicho artículo establece el derecho del pueblo a la insurrección para restablecer el orden constitucional)
El discurso le ha costado a Bukele una parte importante de su prestigio nacional e internacional. Dentro y fuera de El Salvador se abrigaban esperanzas de cambio tras años de corrupción y violencia. Nadie duda, salvo sus partidarios, que la exhibición en el Congreso fue inadmisible y antidemocrática. El país, harto de guerra, se eriza ante la aparición de armas, amenazas y desplantes autoritarios. Está demasiada fresca la sangre derramada y los sufrimientos de los años de muerte.