A medida que el avión se acerca al aeropuerto Afonso Bonilla Aragón, el desierto verde de las plantaciones de caña de azúcar se hace visible. Donde había un río, se ve el caño seco o alguna laguna de agua podrida. Unos pocos árboles resisten en medio del verde opresivo del monocultivo, pero no lo suficiente como para albergar fauna autóctona.
Vista desde arriba, encajonada entre la ciudad y los ingenios azucareros, la torre del aeropuerto parece un monumento al capitalismo depredador que no encuentra límites en la economía agroindustrial del sureste colombiano, basada en el cultivo del azúcar. El avión aterriza y uno es recibido por un sol infernal y un calor insoportable (el bochorno). A la salida del aeropuerto, un amable taxista advierte al visitante de que la lluvia de cenizas que cae del cielo procede de los campos azucareros en llamas. Es época de cosecha. Estás en Cali, la autodenominada capital del interior del Pacífico colombiano, la capital de la salsa, la sucursal del cielo.
La ciudad de 2,4 millones de habitantes y tercera urbe más grande de Colombia se prepara para recibir a miles de visitantes de todo el mundo que participarán en la Cumbre de las Naciones Unidas sobre Biodiversidad COP-16 (del 20 de octubre al 1 de noviembre de 2024).