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Cien años después de la Primera Guerra Mundial ¿nos encaminamos de nuevo hacia el abismo?

Con motivo del aniversario del fin de la Gran Guerra, deberíamos reflexionar sobre sus causas, consecuencias y lecciones. English

Saladdin Ahmed
3 July 2019
Lakenhalle, Ypres, Bégica, durante la Primera Guerra Mundial. Flickr/National Library of Scotland.

Vivimos hoy en un mundo no muy diferente del había antes de la Primera Guerra Mundial, cuando un puñado de emperadores y sus familias controlaban el destino de la gran mayoría de la población mundial. En 1914, todo lo que hizo falta para desencadenar la Gran Guerra fue el asesinato del archiduque austriaco Franz Ferdinand a manos de un nacionalista serbio. El asesinato tuvo lugar el 19 de junio. Cinco años más tarde, el 28 de junio de 1919 – de esto hace casi exactamente un siglo -, la Gran Guerra llegaba a su fin, con un coste de unos 40 millones de vidas humanas.

Hoy no tenemos imperios en el sentido clásico, pero sí líderes egocéntricos tan poderosos como cualquier emperador de la historia. Algunos de estos líderes son auténticos matones que no van a pensarlo dos veces antes de tomar decisiones potencialmente catastróficas, simplemente para poder mantener la apariencia de que son unos "hombres fuertes". Considérese la siguiente lista: Donald Trump, Kim Jong-un, Vladimir Putin, Ali Khamenei, Recep Tayyip Erdoğan, Narendra Modi, Rodrigo Duterte y Jair Bolsonaro. ¿Qué tienen en común? Demasiado poder en sus manos y tendencias autocráticas al ejercerlo.

Si uno es un genio científico en Estados Unidos, un poeta amante de la paz en Brasil o un gran filósofo en Irán, la verdad es que su destino, hasta cierto punto, está en manos de un hombre al que, en un mundo más racional que éste, no se le dejaría cuidar ni de una mascota. Pensemos lo que pensemos de la élite que controla la política a nivel nacional, regional y mundial, tenemos que afrontar un hecho penoso: hemos entregado nuestro destino y el bienestar del planeta a un grupo de matones. Lo cual debería inquietarnos a todos.

Lo que ocurrió el 20 de junio de 2019, cuando los Guardias de la Revolución Islámica de Irán derribaron un costosísimo dron de vigilancia estadounidense, podría haber desencadenado una guerra. En un tweet del 21 de junio, Donald Trump anunciaba al mundo la inminencia de un ataque de represalia contra Irán; sin embargo "diez minutos antes, lo detuve". Algo más tarde, el mismo día, explicó que se lo había pensado "por un momento” y había decidido suspender el ataque para evitar 150 bajas humanas. Desde luego, fue una suerte que el presidente se lo pensara "por un momento", de lo contrario podríamos estar ahora en medio de otra guerra de final abierto.

Hoy no estamos en estado de guerra, pero tampoco estamos en estado de paz. Es una situación que dista de ser sostenible. Cualquier error de cálculo, cualquier accidente o falta de comunicación podrían llevar a un ataque, por parte de unos, que provocaría una represalia - para salvar la cara - por parte de los otros, lo que daría lugar, a su vez, a un contraataque - de nuevo para salvar la cara. Y antes de que pudiéramos darnos cuenta, tendríamos una guerra.

En los años 60 y 70 del siglo pasado corrimos el riesgo de que estallase en cualquier momento una guerra nuclear, por lo que las protestas contra la guerra congregaron a muchísima gente. Películas como Dr. Strangelove o Fail Safe intentaron mostrar el absurdo y la fragilidad de la situación en la que nos encontrábamos. La Guerra Fría concluyó a fines de la década de 1980, pero quizás debido a que finalmente no hubo una guerra nuclear entre las dos superpotencias, nos quedó una falsa sensación de paz perpetua. Como si la amenaza nuclear fuese algo que habíamos dejado atrás.

Solemos olvidar que todavía existen bombas nucleares y que tenemos almacenadas suficientes como para eliminar varias veces a toda la humanidad. Los líderes políticos que tienen hoy en sus manos la posibilidad de iniciar una guerra nuclear no son necesariamente más racionales que los que había durante la Guerra Fría. Es decir, la posibilidad de una guerra nuclear, de consecuencias catastróficas, no es en absoluto desdeñable, porque además los miembros del club nuclear van incrementándose. Y tenemos todos los motivos para pensar que estos nuevos miembros se sumarán al contingente de los más irracionales – eso sin contar con que existe siempre la posibilidad de que caigan armas nucleares en manos de extremistas que ratifican con palabras y hechos sus intenciones inequívocas.

Bajo la hegemonía del culturalismo - la ideología dominante que atribuye al Otro una identidad esencialista y homogénea -, es fácil descartar los extremismos y totalitarismos de cualquier tipo en lugar de percibirlos como producto del orden global imperante. No obstante, aquellos de nosotros que tenemos la suerte de vivir en democracias liberales, a pesar de las opciones de que todavía disponemos, parece que nos estamos yendo por el mismo camino. Algo fundamental anda mal en un sistema que empodera a populistas como Bolsonaro y Trump. Su aparición no es una anormalidad en el entorno político existente. Sin embargo, su incorrección política hace que estos líderes populistas sean un blanco fácil y, como tal, pueden crear la ilusión de que todo irá bien cuando puedan ser sustituidos tras las próximas elecciones.

Pero a menos que comprendamos el alcance de las crisis social, política y ecológica a las que nos enfrentamos, y que provoquemos los cambios drásticos necesarios para hacerles frente, las cosas no irán bien. Dejar la política en manos de la élite que controla las instituciones de gobierno seguirá haciéndonos responsables de estar creando una historia de barbarie, a pesar de nuestros rápidos avances tecnológicos. Lo que se precisa es una mente abierta, una conciencia más internacionalista, una voluntad colectiva más sólida y fuerte para lograr un cambio real que nos encamine decididamente hacia un mundo más seguro, más justo y más inclusivo. La materialización gradual de este mundo se consigue rechazando las burocracias que tergiversan los intereses de la gente para proteger las estructuras institucionales de las élites gobernantes. Dicha emancipación implica llevar a cabo procesos, a distintos niveles, para desandar el aprendizaje que nos ha conducido a estar sometidos a regímenes discriminatorios, para des-normalizar todas las formas de violencia y para deslegitimar la explotación.

En 2014, un siglo después del genocidio armenio, tuvo lugar el genocidio yazidí. Y la comunidad internacional fue quizás todavía más indiferente en esta ocasión. Tal vez esta relativa indiferencia de Occidente se deba al hecho de que el genocidio yazidí tuvo lugar en Oriente Medio. Sin embargo, la visión dualista del mundo - Occidente frente al resto – resulta tan problemática hoy como lo fue en el siglo XX, cuando se produjo el Holocausto, reflejo a mayor escala de la barbarie del genocidio armenio. Lo que está sucediendo en la democracia más sólida del mundo es una manifestación no solo de la brutalidad del sistema global en asuntos internos, sino también de la indiferencia pública necesaria para normalizar la brutalidad.

En 1914, el mundo estaba entrando en una etapa de barbarie y nadie sospechaba lo sangrienta que resultaría. Si bien el estallido de la guerra fue repentino, las condiciones que llevaron a la guerra fueron graduales. Sin embargo, imaginar y luchar por un mundo alternativo no era simplemente la aspiración de unos pocos grupos aislados. Durante los ochenta años posteriores a 1914, la solidaridad internacional y las ideas cosmopolitas de emancipación estuvieron suficientemente presentes como para que debatir y tomar medidas para conseguir un mundo distinto no fuese algo fuera de lo común.

Pero la promesa se ha quedado en eso. Durante la Guerra Civil Española de 1936-1939, por ejemplo, el anarcosindicalismo y las Brigadas Internacionales representaron un intento desesperado, por parte de los izquierdistas revolucionarios, para detener el ascenso del fascismo en Europa. A pesar de la fuerza de su base popular, el frente antifascista internacionalista no recibió suficientes apoyos externos para salir victorioso - y todos sabemos con qué consecuencias catastróficas.

Hoy en día, el internacionalismo como movimiento de masas es todavía más débil que entonces. La apatía política y la desesperación dominan el ánimo de la gente, dejando el mundo a merced de un grupo de matones populistas. No habíamos internalizado nunca tanto como ahora la idea de que hay que rendirse al hecho de que hemos llegado al "fin de la historia", según reza la doctrina de Francis Fukuyama - la creencia de que simplemente somos incapaces de hacer mejor las cosas. Sin embargo, precisamente debido a esto, el surgimiento de una conciencia pública internacional que pueda asumir resueltamente la responsabilidad de salvar al mundo es hoy más urgente que nunca.

Uno no necesita ser partícipe de ninguna utopía universalista para darse cuenta de que cada individuo y cada comunidad son partes orgánicas de un mismo mundo - política, histórica y ecológicamente. A menos de que surja una nueva conciencia internacionalista, seguiremos encaminándonos hacia el abismo de la barbarie y nadie estará en disposición de predecir hasta dónde llegará la violencia. En todo caso, las crisis ecológicas en curso bastarán para escalar a niveles nunca vistos la agitación, las guerras y las migraciones masivas.

Hace un siglo, el Tratado de Versalles puso fin a la Gran Guerra, pero todo lo que origina las guerras modernas siguió allí – como pudo constatarse en 1939, en 1989 y también en 2019. A menos que se erradiquen las condiciones que motivan la falta de libertad, nuestra mirada hacia el futuro se encontrará solo con el abismo.

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