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El pasado fin de semana la Gibraltarmanía se apoderó de los titulares de la prensa internacional. Al iniciarse el proceso del Brexit, los gibraltareños se encontraron a la merced de un juego injusto desde el punto de vista democrático. El primer borrador de las directrices de negociación del Brexit contiene una pequeña cláusula de gran impacto, que ha recogido la UE excluyendo a Gibraltar de cualquier acuerdo que pueda alcanzarse con el Reino Unido, a menos que España esté de acuerdo. Se trata de un ejercicio inútil, como saben muy bien los gibraltareños tras una pelea de siglos sobre la soberanía del Peñón. Que la UE le entregue a España este poder de veto sobre el futuro de las conversaciones del Brexit en aras a "defender a su Estado miembro", ha sido una sorpresa considerable para muchos. Aunque la cobertura mediática de los hechos ha adolecido de falsedades y sensacionalismo, y se ha llegado a mencionar la palabra guerra, que tiene la virtud de ser “siempre noticia”, lo que ha habido es una falta de empatía hacia la posición en la que queda Gibraltar en lo que se supone que será un período de profundo malestar e incertidumbre para sus ciudadanos, al borde de una crisis existencial.
El referéndum del Brexit se promovió como una medida eminentemente democrática. Pero, ¿lo fue realmente? La decisión de que el Reino Unido abandone la UE no sólo compromete a las generaciones presentes, sino también a las futuras. Las elecciones se celebran cíclicamente porque la democracia consiste en garantizar que se respeten las opciones de los ciudadanos y en que se les permita cambiar de parecer si consideran que su opción fue equivocada o que no se ha implementado correctamente. Pero una opción que es para siempre es algo muy distinto.