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Entender el contexto interpersonal y estructural del trabajo del hogar

La relación entre las trabajadoras del hogar y quienes las emplean puede ser difícil; pero no tiene por qué serlo. English

Bridget Anderson
13 November 2018
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Freaktography/Flickr. (CC BY-NC-ND 2.0)

Mi interés en el trabajo del hogar surgió cuando dejé la universidad y comencé a ser lo que ahora se llama una trabajadora del hogar interna para una familia adinerada en el oeste de Londres. Por ese entonces, era «la chica de arriba». A cambio del departamento independiente en el piso de arriba, limpiaba y lavaba la ropa durante cuatro horas de lunes a viernes y hacía el té cuando la hija menor llegaba a casa. Pulía la plata y planchaba las sábanas. Después de las fiestas limpiaba el vómito de las personas que luego se convertirían en ministras y ministros del Partido Laborista.

Mi empleadora me explicó que alquilaba el departamento a cambio de estos servicios, en vez de ofrecer un salario, porque pensaba que eso sería explotación y ella no quería explotar a nadie. Cuando comencé a trabajar me pareció justo, pero nuestra relación se fue deteriorando. Ella y su esposo estaban en medio de un divorcio. A veces ella se desahogaba conmigo y me contaba todo, para después llamarme la atención al día siguiente por no haber doblado las sábanas correctamente. Cumplía las funciones de confidente y de sirvienta alternativamente según su estado de ánimo.

En esa misma época comencé a trabajar con trabajadoras del hogar indocumentadas. No pretendo comparar mi situación con la de ellas: eran mujeres que podían estar escapando de situaciones de vida o muerte, ser golpeadas por poner un suéter en la lavadora o por comer un pedazo de pan, tener prohibido contactar a sus seres queridos, sin tener un salario, sin tener un espacio para dormir, etc.

Las empleadoras, quienes con frecuencia les gritaban u obligaban en forma deliberada a realizar tareas humillantes, perpetuaban la mayor parte de la violencia física no sexual. «El esposo, él es muy bueno, pero la mujer es una fiera» me confesó una vez una mujer. La representación de los esposos como los buenos y los reproches hacía las esposas por abusar de sus trabajadoras me dejaba intranquila, al igual que las críticas de algunas trabajadoras del hogar hacia sus empleadoras: «Si yo fuera tan rica como ella, sería ama de casa y no dejaría a mi hijo o hija al cuidado de una extraña».

«¿Por qué el patriarcado ha quedado libre de culpa?» Reflexionaba sobre ello incluso cuando yo también prefería al esposo de la familia para la que trabajaba que a la esposa. Sin embargo, tenía claro que las personas que nos empleaban nunca podrían ser nuestras aliadas.

Ahora veo que el tema es más complicado. Primero, porque no siempre es fácil distinguir quién es la persona que nos emplea. En muchos hogares heteronormativos, la mujer puede administrar el trabajo del hogar, pero es el hombre quien firma el contrato. Cuando se trata de un trabajo de cuidado, la persona que utiliza el servicio es a veces la empleadora o el empleador y a veces un familiar, y cada persona tiene relaciones e interacciones distintas con la trabajadora. En ocasiones, una agencia emplea formalmente a una trabajadora del hogar, y puede también mediar entre la trabajadora y la persona usuaria del servicio. Asimismo, trabajadoras y empleadoras no son categorías exclusivas o binarias: muchas trabajadoras del hogar inmigrantes utilizan los servicios de trabajadoras del hogar en sus países de origen. Quién contrata, por qué, en qué etapa de la vida, y con qué implicaciones sociales, todo esto varía cultural e históricamente, al igual que la relación de poder entre trabajadora y empleadora.

Además, es importante reconocer que incluso en los países ricos, no todos las personas empleadoras son de clase media. Cuando estaba investigando la expansión de la Unión Europea de 2004, realizamos una serie de entrevistas con «au pairs». Recuerdo a una mujer que había trabajado como «au pair» para una familia por más de seis años. Su empleadora era una madre soltera que tenía dos hijos y tenía un trabajo por turnos en un hospital donde le pagaban poco. No tenía familia cerca y su vida habría sido insostenible si no hubiera tenido acceso al apoyo de una persona que viviera en su casa y la ayudara a cambio de un sueldo inferior al salario mínimo. La «au pair» explicó que no se había ido porque le preocupaba qué sería de la familia si ella se iba.

El problema de la explotación en el trabajo del hogar no es solo el resultado de personas empleadoras moralmente censurables. Se trata de la dependencia del capitalismo patriarcal en el trabajo reproductivo gratis o de bajo costo, el deterioro de las redes de seguridad social y la feminización de las políticas de austeridad. En este ejemplo, la «au pair» y su empleadora podrían haber sido aliadas en la lucha por mejorar los salarios y las condiciones laborales de trabajadoras y trabajadores en el sector salud, y para mejorar la provisión estatal de guarderías como requisitos necesarios para asegurar que las trabajadoras del hogar no sean explotadas. El truco es comenzar con los derechos de las trabjadoras del hogar, en vez de decir que se garantizarán sus derechos tan pronto como se resuelva todo lo demás.

No se puede negar que en los hogares particulares existen conflictos de intereses entre las empleadoras y las trabajadoras del hogar. Estos no se limitan a cuestiones de pago, horario y condiciones de trabajo, sino que también se relacionan con las emociones. La empleadora puede sentirse insegura por el cariño de sus hijas e hijos hacia su niñera o tener ansiedad sobre el estado de envejecimiento de sus padres, sentirse culpable por no estar en casa, frustrada porque la casa no se ha limpiado de la manera que lo habría hecho ella, y preocupada por las atenciones de su esposo. La trabajadora también puede sentirse celosa de las relaciones personales, sentir resentimiento al encontrarse alejada de sus seres queridos mientras está cuidando de otros, o sentirse enfadada por la desigualdad global que hace que ella preste servicios para personas con un estilo de vida inalcanzable para ella. Pero también pueden haber sentimientos positivos en ambos lados y un entendimiento que surge de la convivencia diaria, aunque se debe destacar que esto no necesariamente se refleja en el pago o en las condiciones laborales.

He hablado con empleadoras para varios proyectos de investigación, y la mayoría no querían verse como explotadoras que se aprovechaban de una mujer en una situación más vulnerable. Para reconciliar este punto, con frecuencia se apoyan en la noción de «empleo como un favor»: la trabajadora necesita un trabajo y la empleadora beneficia a la trabajadora al proporcionarle un empleo. Entonces la empleadora interpretará la capacidad de su empleada de comprar medicamentos, pagar la escuela de sus hijas e hijos o dejar a un esposo alcohólico como resultado del salario que ha ganado como trabajadora del hogar. En consecuencia, expresan que no solo no perpetúan la desigualdad, sino que también son partícipes de la vida privada de sus trabajadoras y que estas confían en ellas como si fueran algo más que una empleadora.

¿Qué tipo de alianza se busca de parte de las empleadoras —a diferencia de otras partes interesadas— en la promoción de los derechos de las trabajadoras del hogar? En todo el mundo, las personas empleadoras tienden a ser reacias a reconocer el derecho de las trabajadoras de afiliarse a un sindicato. Pueden dar a las trabajadoras la flexibilidad para asistir a reuniones y eventos políticos; brindarles apoyo para la legalización y la regularización; estar dispuestas a firmar documentos de patrocinio, a pagar impuestos y seguridad social; y tener capacidad de reflexión y discusión. He conocido a trabajadoras del hogar que dicen que ellas sí tienen esta clase de empleadoras o empleadores. Educar y motivarlos para que contribuyan de estas formas y para que entiendan la relación entre lo que sucede en el hogar y las desigualdades estructurales constituye un pequeño paso hacia la eliminación de las desigualdades nacionales, económicas y de género que caracterizan tanto la demanda como la oferta del trabajo del hogar en el mercado.


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BTS en Español has been produced in collaboration with our colleagues at the Global Alliance Against Traffic in Women. Translated with the support of Translators without Borders. #LanguageMatters

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