
Freaktography/Flickr. (CC BY-NC-ND 2.0)
Mi interés en el trabajo del hogar surgió cuando dejé la universidad y comencé a ser lo que ahora se llama una trabajadora del hogar interna para una familia adinerada en el oeste de Londres. Por ese entonces, era «la chica de arriba». A cambio del departamento independiente en el piso de arriba, limpiaba y lavaba la ropa durante cuatro horas de lunes a viernes y hacía el té cuando la hija menor llegaba a casa. Pulía la plata y planchaba las sábanas. Después de las fiestas limpiaba el vómito de las personas que luego se convertirían en ministras y ministros del Partido Laborista.
Mi empleadora me explicó que alquilaba el departamento a cambio de estos servicios, en vez de ofrecer un salario, porque pensaba que eso sería explotación y ella no quería explotar a nadie. Cuando comencé a trabajar me pareció justo, pero nuestra relación se fue deteriorando. Ella y su esposo estaban en medio de un divorcio. A veces ella se desahogaba conmigo y me contaba todo, para después llamarme la atención al día siguiente por no haber doblado las sábanas correctamente. Cumplía las funciones de confidente y de sirvienta alternativamente según su estado de ánimo.