Vientos sostenidos de más de 150 kilómetros por hora, marejadas y lluvias torrenciales. Así describen lo que trae Iota, el huracán que el lunes 16 de noviembre devastó la isla de Providencia, hasta dejar el 98% de su infraestructura destruida y a prácticamente todos sus habitantes sin hogar.
La Gobernación del departamento declaró toque de queda y, durante más de 8 horas, la isla estuvo completamente incomunicada. Desde la lejana Bogotá, a 1.200 km de distancia, el Gobierno central no supo qué sucedía en uno de sus territorios mientras los isleños lo perdieron todo. Este es un escenario que se repite a menudo y que parece ser la fórmula para los desastres en Colombia: territorios abandonados por el Estado, lo que los deja vulnerables ante todo, incluidos los desastres naturales.