El espíritu del jaguar, cuidador ancestral de los Siona, está débil. Su fuerza ya casi no se siente en las selvas del departamento colombiano de Putumayo, en la frontera con Ecuador.
Este pueblo indígena binacional asegura haber perdido el silencio necesario para conectarse con su animal de protección durante las ceremonias de la planta sagrada del yagé, conocido como ayahuasca en otros pueblos amazónicos. Por el ruido, el conflicto armado y el confinamiento que perturban sus creencias y su espiritualidad, culpan a las petroleras, a los grupos armados, legales e ilegales, y a los colonos campesinos.
En una casa de tabla al margen izquierdo aguas abajo del río Putumayo está Pablo Maniaguaje Yaiguaje, uno de los sabios y médico tradicional del Resguardo Indígena Siona (Zio Baín) Buenavista. Al Taita o Yai Bain en Mai Coca, su lengua materna, le preocupa que el ruido de los pozos petroleros, las 24 horas del día, no le permite realizar con tranquilidad las “tomas” o ceremonias del yagé, remedio que preparan con plantas y bejucos que crecen en la manigua y que se consume en medio de cantos y rezos ancestrales.