
«Chavez-Merida» de David Hernández/Flickr. Some rights reserved.
“La nación venezolana depende ahora de los jóvenes profesionales que migran; como en el caso de la diáspora armenia, ellos serán los encargados de preservar nuestra cultura.” La frase, dicha por una “señora bien” refleja dos síntomas de la Venezuela actual: las tendencias escapistas de una parte de los críticos del régimen de Nicolás Maduro y, al mismo tiempo, una situación que parece tocar fondo y –por razones reales o imaginadas– dejaría a la emigración como única opción de futuro para muchos jóvenes profesionales pertenecientes a las clases medias o altas.
Un video de 2012, disponible en Youtube, habla de Caracas como una “ciudad de despedidas”. “Mis fines de semana son para despedir amigos”, dice uno de los participantes; “Estoy enamorado de Caracas pero no podemos vivir juntos”, acota otro, y la canción de fondo reza: “Parece que mi vida dejó de ser interesante”. Al mismo tiempo, los rostros y fenotipos (blancos) así como las marcas sociales (de las clases medias altas) dejan ver una de las grietas de la sociedad venezolana, que no empezó con Chávez pero que sí se politizó desde fines de los años 90. Hoy la crisis fomenta estos discursos, pero la decepción también parece incluir a muchos “chavistas pero no maduristas”.