El partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo el domingo el 43,8% de los votos en Sajonia-Anhalt. La conservadora Unión Demócrata Cristiana, que ha gobernado ese estado la mayor parte del tiempo luego de la reunificación alemana en 1990, quedó en un distante segundo lugar con el 17,2%.
Para el mundo, que aún ve a Alemania como sinónimo de estabilidad política, industria fuerte y condiciones de vida relativamente altas, este resultado puede sorprender. O no tanto.
Sin embargo, los últimos años han dejado profundas huellas en la economía alemana. El rendimiento económico real apenas creció, la producción industrial se debilitó y los hogares sufrieron una pérdida sustancial de poder adquisitivo. De hecho, los salarios reales solo recuperaron recientemente su nivel previo a la pandemia. Para un hogar promedio de cuatro personas, las pérdidas económicas en comparación con la tendencia anterior a la crisis ascienden a 12.000 euros (casi 14.000 dólares) al año.
No sorprende que estos hechos hayan provocado cambios en el panorama político. En las elecciones federales de 2025, la AfD duplicó su porcentaje de votos en todo el país. Su apoyo sigue siendo mucho mayor en Alemania Oriental, pero el partido también obtuvo avances sustanciales en el oeste. Mientras tanto, los partidos tradicionales tienen dificultades para ofrecer una respuesta convincente al estancamiento económico, la incertidumbre industrial y el aumento del costo de vida. El gobierno federal se limitó en gran medida al discurso habitual de competitividad, reformas estructurales y austeridad, al tiempo que recortaba el gasto civil y aumentaba el gasto militar.
Este contexto nacional influyó enormemente en la campaña electoral de Sajonia-Anhalt, por lo que los resultados no pueden interpretarse simplemente como un veredicto sobre el gobierno estatal. Al mismo tiempo, Sajonia-Anhalt tiene su propia historia económica, y esa historia ayuda a explicar por qué las consecuencias políticas se han manifestado con tanta mayor intensidad en esa región.
Las peculiaridades de Sajonia-Anhalt
Para entender Alemania Oriental, resulta imposible ignorar las profundas secuelas de la terapia de choque de mercado que se aplicó desde la reunificación. Cuando Alemania Oriental y Occidental se unificaron monetariamente en 1990, la paridad entre sus monedas provocó una drástica pérdida de competitividad para la industria del este. La industria manufacturera se desplomó en pocos años y millones de empleos desaparecieron. Muchos jóvenes calificados emigraron. La privatización de las empresas del este también transfirió la propiedad y la toma de decisiones económicas a empresas de Alemania Occidental, mientras que numerosos puestos gerenciales en empresas e instituciones públicas fueron ocupados por alemanes occidentales.
Durante una generación, la transformación económica se asoció, por lo tanto, a las experiencias traumáticas de la desaparición de empleos, la emigración y la pérdida de control sobre el futuro de la región. Las consecuencias aún se aprecian hoy en la estructura demográfica, en los salarios más bajos y en la geografía económica del este de Alemania.
Este contexto histórico es relevante porque la región se enfrenta ahora a otra transformación industrial, a la que accede desde una posición estructuralmente débil. En Sajonia-Anhalt, el salario mensual medio de un empleado a tiempo completo ronda los 3.560 euros (4.140 dólares), más de 650 euros (750 dólares) por debajo de la media nacional. El desempleo es de 8,2%, superior a la media alemana. La producción económica volvió a caer en 2025, mientras que sectores industriales importantes como el químico, el metalúrgico y el de la industria automotriz siguen bajo presión.
Los hogares también pasaron varios años de fuertes subidas de precios. La inflación ha disminuido, pero los alimentos, la vivienda y la energía siguen siendo considerablemente más caros que antes de la pandemia. Entre los votantes de AfD, la preocupación por pagar las facturas y mantener el nivel de vida es generalizada.
La inseguridad económica no es el único factor que explica el apoyo a la AfD. La migración, el nacionalismo, la oposición al apoyo a Ucrania y el resentimiento hacia las instituciones políticas establecidas también influyen. Pero estos conflictos políticos se desarrollan en un contexto económico. Cuando la gente prevé un deterioro de su nivel de vida y teme que el cambio estructural perjudique aún más a su región, el resentimiento encuentra un terreno más fértil.
Un punto de partida mejor que 1990
Existe una diferencia importante respecto de la transformación posterior a la reunificación. Hoy en día, Sajonia-Anhalt cuenta, al menos en principio, con condiciones mucho mejores para beneficiarse del cambio estructural en lugar de simplemente absorber sus costos. El estado genera una gran parte de su electricidad a partir de fuentes renovables, y el este de Alemania ha atraído importantes inversiones en movilidad eléctrica, baterías y energías renovables. Alrededor del 60% de los automóviles fabricados en el este de Alemania ya son eléctricos.
Sin embargo, aprovechar estas ventajas depende del marco general de la política industrial alemana, y es aquí donde la economía de Sajonia-Anhalt encuentra dificultades. Con un fuerte apego emocional a las ideas liberales de mercado y la austeridad fiscal (excepto en el sector militar), la política industrial alemana resulta errática y contradictoria. Los agentes del mercado carecen de una idea clara de qué sectores generarían demanda en la economía alemana en el futuro. Existe una gran incertidumbre sobre los precios futuros de la electricidad, fundamentales para la transición ecológica. Los anuncios se revisan con frecuencia o se aplican de forma moderada – por ejemplo, en el caso de los precios máximos de la electricidad para la industria – debido a las regulaciones liberales de mercado a nivel europeo.
El sector automovilístico ilustra cómo esto afecta en concreto a los medios de subsistencia y a las empresas locales.
La planta de Volkswagen (VW) en Zwickau, por ejemplo, en la vecina Sajonia, se transformó en una de las fábricas insignia de coches eléctricos de la compañía tras años de inversión y negociaciones con la plantilla de trabajadores. Los empleados recibieron formación y se convenció a una fuerza laboral inicialmente escéptica de que la transición podía garantizar el futuro de la fábrica.
Sin embargo, ahora Volkswagen no puede garantizar la producción de vehículos allí más allá de 2030 y está considerando usos alternativos. En todo el grupo, se están recortando puestos de trabajo a medida que VW responde a una caída de la demanda, el exceso de capacidad y la creciente competencia de los fabricantes chinos. Para los trabajadores (y sus familias) que recuerdan el colapso económico de la década de 1990, estos acontecimientos inevitablemente tienen un significado diferente. Plantean la pregunta de si otra transformación volverá a dejar menos empleos, comunidades más débiles y decisiones tomadas en otros lugares.
El problema del este es un problema alemán
Si bien la historia de la reunificación es específica de Alemania Oriental, las presiones económicas que se observan hoy en día son cada vez más comunes. Los trabajadores industriales de la región del Ruhr, Sarre o Baden-Württemberg se plantean preguntas similares sobre el futuro del empleo en los sectores automotriz, siderúrgico y químico. Los hogares de toda Alemania han experimentado una disminución en su poder adquisitivo real. Los municipios tienen dificultades para mantener las escuelas, el transporte y otros servicios básicos. La vivienda se encareció en muchas ciudades, mientras que los ferrocarriles alemanes se han convertido en un recordatorio diario del deterioro de la infraestructura pública.
La evolución electoral de la AfD refleja este cambio. Sus mejores resultados se siguen registrando en el este, pero su ascenso en el oeste de Alemania es innegable. Las diferencias regionales persisten. La tendencia subyacente es cada vez más nacional.
Parte de la explicación reside en el agotamiento del modelo económico alemán. Durante años, el crecimiento de Alemania se basó en gran medida en las exportaciones, la energía barata y la fuerte demanda de China. La industria automotriz, los fabricantes de maquinaria y las empresas químicas se beneficiaron enormemente. El éxito de este modelo redujo la presión para un cambio fundamental.
Tras la crisis financiera, el gobierno de Angela Merkel introdujo el freno constitucional a la deuda soberana. La inversión pública se mantuvo débil, mientras que las carreteras, las escuelas, los ferrocarriles y la infraestructura digital se deterioraron. Durante la Eurocopa 2024, los visitantes extranjeros presenciaron de primera mano este problema a través de retrasos en los trenes y una deficiente cobertura móvil.
La política industrial siguió un patrón similar. Alemania llegó a tener una importante industria de fabricación de paneles solares, pero gran parte desapareció en la década de 2010. China, al contrario, desarrolló grandes capacidades de producción y cadenas de suministro de paneles solares, baterías y vehículos eléctricos.
Los fabricantes de automóviles alemanes mantuvieron una alta rentabilidad con los vehículos de motor a combustión, especialmente en China, y se adaptaron solo gradualmente. Ahora se enfrentan a competidores chinos con ventajas en baterías, escala de producción y, cada vez más, en los propios vehículos.
Alemania aún cuenta con muchos de los recursos necesarios para un nuevo modelo industrial: mano de obra calificada, ingenieros, institutos de investigación, infraestructura industrial y grandes recursos de energías renovables. Lo que falta es una estrategia suficientemente coherente para transformar esos recursos en empleo estable y una mejora del nivel de vida.
¿Qué hay que cambiar?
Aprovechar el potencial de la economía y brindar mayor seguridad económica requeriría medidas significativas en al menos dos frentes. A corto plazo, Alemania necesita una mayor demanda interna tras años de pérdida de poder adquisitivo y escaso crecimiento. Reducir el IVA en alimentos básicos o disminuir el costo del transporte público brindaría un alivio tangible a los hogares.
Más allá de este alivio inmediato, el gobierno debe decidir qué tipo de economía industrial quiere para Alemania dentro de 10 o 20 años. Esto requiere una inversión sostenida en redes eléctricas, transporte, educación y energías renovables, junto con una estrategia más clara para sectores como el acero, la química, las baterías y la movilidad eléctrica. Cuando la producción estratégicamente importante no pueda garantizarse solo con inversión privada, la participación o la propiedad pública debe estar disponible. Esto cobra especial relevancia en las regiones que atraviesan un cambio estructural.
Sin embargo, la primera reacción de Berlín tras las elecciones no da motivos para esperar ese cambio de rumbo. El canciller Friedrich Merz reconoció la magnitud de la derrota de la UDC en Sajonia-Anhalt, pero reafirmó el programa de reformas económicas de su gobierno, al que se oponen la mayoría de los alemanes, ya que aumentará las dificultades y los costos para la población. Su conclusión fue que estas reformas debían explicarse mejor y comunicarse de una manera que conectara más emocionalmente con los votantes.
La respuesta de Merz sugiere que Berlín saca una conclusión muy distinta del resultado. Tras años de estancamiento, incertidumbre industrial y presión sobre los ingresos familiares, buena parte de la dirigencia política sigue considerando que la estrategia económica es, en general, acertada y que el principal problema es de comunicación. Sajonia-Anhalt debería hacer que revisen esa idea.
Puede que el estado tenga una historia específica que no se puede extrapolar al oeste de Alemania, pero varias de las fuerzas que allí influyen – la inseguridad en torno a los empleos industriales, la carestía, el deterioro de los servicios públicos y la disminución de la confianza en que la política pueda definir el cambio económico – son igualmente visibles en otros lugares.
Los partidos democráticos no podrán contener a AfD solo con llamamientos a la defensa de las instituciones democráticas. También deben demostrar que estas instituciones pueden proporcionar seguridad económica, servicios públicos eficaces y un futuro industrial creíble. El caso de Sajonia-Anhalt muestra lo que puede pasar cuando la confianza en esa promesa se desgasta por demasiado tiempo.
*Patrick Kaczmarczyk es investigador del Centro de Excelencia para la Transformación de la Universidad de Mannheim, Alemania. Es consultor de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD).