El crecimiento económico es un elemento esencial y necesario de la reducción de la desigualdad, pero está lejos de ser suficiente. En la experiencia de la Fundación Ford en su trabajo en América Latina en los últimos 55 años, ha sido evidente que los tiempos de expansión económica han producido un ensanchamiento de la clase media, una reducción de los índices de pobreza o de necesidades básicas insatisfechas y, en general, una expansión del consumo y de mercado internos.
Así, por ejemplo, el crecimiento de la inversión pública en infraestructura y servicios que se produce con desniveles en cada país entre 1930 y 1960 causa una modificación de la estructura productiva y promueve la emergencia de clases medias más consolidadas.
Esto ocurre, por ejemplo, con la expansión de la cobertura educativa en países como Argentina y Uruguay, pero también con la consolidación de núcleos productivos industriales en regiones como el sur del Brasil y el Valle de Aburrá, en Colombia, que crean núcleos industriales, pero a nivel micro.