Líderes ambientales que cuidan el agua en provincias sureñas de Perú viven acorralados por el miedo y el hostigamiento en un ambiente polarizado por la explotación de las empresas mineras Antapaccay, del grupo anglosuizo Glencore, y Anabi, propiedad del grupo peruano Aruntani. Testimonios, videos, fotografías y documentos revelan el daño ambiental de ríos y bofedales (humedales propios de las zonas altas de los Andes) de las comunidades donde viven.
Cuando Melchora Surco Rimachi era niña, no había miedo en el aire. Las ovejas de sus padres pastaban en los campos fuera de su casa e iban a beber en el riachuelo cercano, libre y cristalino. Ahora, a sus 68 años, Melchora mira el agua de ese riachuelo como si fuera un animal agonizante.
"Es lo que nos ha dicho OEFA (Organismo de Evaluación y Fiscalización Ambiental), que ya no sirve. Ya no hay vida. Está muerto. Por eso tomamos agua de un manantial, de un botadero, esta agua de acá ya no la tomamos, hasta los animales ya no quieren", contó Melchora.