
Pixabay. Domínio público.
De unos años a esta parte, asistimos a la emergencia del poder relacional, de la transversalidad, de la participación. Este es el enclave que da sentido y protagonismo a la tecnopolítica, base sobre la cual se conceptualiza y se acoge una nueva visión de la democracia: más abierta, más directa, más interactiva. Un marco que supera la arquitectura cerrada sobre la que se han cimentado las praxis de gobernanza (cerradas, jerárquicas, unidireccionales…) en casi todos los ámbitos. Esta serie sobre El ecosistema de la democracia abiertabusca analizar los distintos aspectos de esta transformación en marcha.
El impacto generado por las plataformas digitales en los últimos años afecta a todos los ámbitos y tipos de organización. Desde la producción al consumo, desde los partidos políticos a los movimientos sociales, desde la empresa a la Administración pública, los sindicatos, la universidad o los medios de comunicación de masas. La disrupción es transversal e intergeneracional. La autogestión por parte del usuario/a y la desintermediación son sin duda las grandes bazas comunes —al menos discursivamente— de todas ellas. Las personas, a través de la tecnología, tienen más capacidad para participar activamente en los procesos que se vinculan a una determinada actividad. Por ello, hablamos a menudo de las plataformas digitales como un instrumento para democratizar la participación, ya que estas superan las tiranías de espacio y tiempo tradicionales. De todas formas, si las analizamos con detalle y nos fijamos en las organizaciones que las promueven, nos daremos cuenta de que la mejora de la participación democrática tiene niveles de cumplimiento variados y enfoques con lógicas diametralmente distintas.