“Los detienen simplemente porque son negros”, me dijo una mujer afroestadounidense de 39 años de edad llamada Holly en agosto del año pasado, mientras describía cómo tratan a los jóvenes negros los policías de su ciudad natal y de los alrededores. “Realmente he estado ahí, viendo cómo paraban a mis primos. [Los policías] los sentaban, los registraban, incluso después de darse cuenta de que tenían a la persona equivocada. Tengo muchas historias de ese tipo”.
Conocí a Holly en la acera opuesta a la comisaría de Ferguson, donde se habían reunido los manifestantes tras el asesinato de Michael Brown, de 19 años de edad, el pasado mes de agosto. Como muchos de los manifestantes que conocí en Ferguson, ella salió a las calles para protestar contra los abusos policiales, incluidos los controles de tránsito, las citaciones y los arrestos dirigidos de manera desproporcionada a los afroestadounidenses, que ocurren desde mucho tiempo antes de que le dispararan a Brown.
Ya sea en Ferguson o en cualquier otro lugar del país, las comunidades de color reconocen perfectamente que hay un problema racial en las actividades policiales de los Estados Unidos. Una encuesta Gallup reciente mostró que los negros tienen mucha menos confianza en la policía que los blancos. Tomando en cuenta esta diferencia, no es de sorprender que a veces resulte difícil crear consensos sobre este tema. Este problema se agrava por el hecho de que nadie ha recolectado de manera sistemática información confiable sobre la raza y las actividades policiales a nivel nacional. Una serie de informes recientes destaca ese vacío como un primer paso para entender por qué persisten tenazmente los problemas raciales en las actividades de la policía.