Se publicó una versión más extensa de este artículo originalmente en el número 20 de la Revista Sur, que puede encontrarse aquí.
Durante la última década, el marco internacional de derechos humanos se ha vuelto adicto al perfeccionamiento de las normas: poniendo demasiado empeño en refinar las normas, las herramientas y los protocolos, y no esforzándose lo suficiente en su implementación real. Es cierto que han surgido nuevas iniciativas normativas importantes, como la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad. Pero ahora el desafío es que las instituciones internacionales que protegen los derechos humanos son muy débiles, y lo más probable es que esto siga representando un reto durante mucho más tiempo. Esas instituciones son, en esencia, el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, junto con todos sus diversos mecanismos, y en casos extremos el Consejo de Seguridad de la ONU. Sin embargo, ambos son organismos interestatales, donde las naciones negocian intereses. Ninguno de ellos contiene un órgano judicial (como el Tribunal Europeo de Derechos Humanos o la Corte Interamericana), y mientras ese sea el caso, la implementación de las normas de derechos humanos siempre será deficiente.
La gran fortaleza del marco internacional de derechos humanos es la sociedad civil integrada por la comunidad de defensores de derechos humanos, a nivel nacional e internacional. Pero las ONG internacionales deben tener cuidado de no dejarse arrastrar a este entorno normativo y doctrinario; en cambio, deben seguir arraigadas en el trabajo sobre el terreno. Por otra parte, la cooperación con actores nacionales es esencial para las ONG internacionales de derechos humanos, y en ese campo es donde se sentirán los efectos reales. Entre más cohesión haya entre las ONG locales e internacionales, habrá más posibilidades de refutar las alegaciones de que el movimiento de derechos humanos es un programa dominado por Occidente, que obedece a los intereses culturales, políticos e incluso económicos de Occidente.