Desde Tijuana hasta Magallanes, el movimiento feminista se ha hecho cada vez más presente en las calles y plazas de América Latina, hasta el punto de convertirse en uno de los principales agentes del actual ciclo de movilización y de cambio. Miles de mujeres han participado en marchas y reclamos para exigir el derecho a disponer de una vida digna, en libertad y sin violencia. La movilización feminista en el espacio público es solo la punta del iceberg de un cambio cultural más profundo que afecta la región.
De acuerdo con la encuesta desarrollada por Ipsos Mori en 2019, «Actitudes globales sobre la equidad de género», países como Brasil, Chile, Colombia, México y Perú se cuentan entre los diez primeros en porcentaje de personas que se identifican a sí mismas como feministas, muy por encima de Francia, Canadá, Alemania o Países Bajos; lo que contrasta con los imaginarios populares sobre América Latina y Europa.
No obstante, esta presencia abrumadora del movimiento en las calles choca con la reacción antifeminista que se observa especialmente en el ámbito digital, donde se han multiplicado las amenazas, los discursos de odio y los insultos contra cualquier usuaria sospechosa de simpatizar con el feminismo.