Fueron muchos los que arquearon las cejas cuando Jeremy Corbyn, el mes pasado, anunció que un futuro gobierno laborista sustituiría movilidad social por justicia social como referente para la definición de medidas a tomar. Porque esto es contrario a las ideas recibidas y al consenso político imperante, según los cuales la movilidad social es algo bueno y positivo. Pero Corbyn tiene razón en que señalar a unos pocos afortunados deja intactas las estructuras de desigualdad, y en insistir en la necesidad de poner en marcha movimientos de mayor alcance y envergadura, como por ejemplo la renovación del sistema educativo, para lograr la justicia social. En realidad, el problema de la movilidad social no es que no contribuya suficientemente a hacer que la sociedad sea más justa para todos, sino que su efecto, de hecho, es el contrario: profundiza y perpetúa la injusticia social.
El discurso público y las narrativas que ofrecen los medios siempre nos recuerdan que la sociedad es dinámica. Nadie se está quieto parado. Todo el mundo anda subiendo o bajando peldaños, escalera arriba y escalera abajo, yendo de la pobreza a la riqueza y viceversa. La movilidad social sirve como promesa y también como amenaza: si jugamos bien nuestras cartas, acumularemos estatus y riqueza; pero si no, lo podemos perder todo.
Jugar bien las cartas significa dedicar tiempo y dinero a la educación, la formación y los círculos sociales con la esperanza de que todo ello nos ayude a conseguir mejores puestos de trabajo. Significa invertir en propiedades y en productos financieros que puedan generar capital en el futuro, o contratar planes de pensiones y pólizas de seguros para nuestra tranquilidad a largo plazo. La idea de la movilidad social nos convierte en competidores: cada uno de nosotros, en medio de la multitud, competimos por alcanzar posiciones que nos brinden mejores oportunidades para aprovechar unos recursos materiales escasos antes de que otros lo logren.