
Gente protesta mientras la policía trata de controlar la zona en su intento de emitir su voto en la votación del referéndum del 1 de octubre de 2017 en Barcelona, España. Foto: Juan Carlos Lucas/NurPhoto/Sipa USA. Todos los derechos reservados.
Cuando ayer salí de mi apartamento en Barcelona para visualizar cuál era el ambiente en la calle, en un día trascendental para la historia del país, y me dirigí al colegio donde habitualmente voto en elecciones regladas, comprobé que el lugar estaba clausurado. Más tarde vi unas imágenes en televisión – ciertamente chocantes – donde unos agentes de las fuerzas del orden retiraban las urnas allí instaladas por voluntarios que las defendían protestando. Esta es la imagen, pensé, que buscaban unos y buscaban otros. Los unos, para enviar al mundo el mensaje de que el Estado actuaba coercitivamente contra la “democracia”. Los otros, para afirmar que el estado de derecho estaba actuando para proteger el orden constitucional que ampara a todos los ciudadanos y los hace iguales ante la ley.
Luego me dirigí a un centro de votación gestionado por el gobierno catalán. Vi que estaba abierto con normalidad, y que había una cola muy numerosa. No había ninguna presencia policial. Comprobé que la gente depositaba papeletas en las urnas de plástico opaco con el logo de la Generalitat. Interesado por las garantías que pudiera tener el proceso de votación, observé que no había interventores de los partidos sino voluntarios de las entidades independentistas animando y tranquilizando a la gente, y pidiéndole que regresara en la tarde por si había que proteger las urnas de una posible confiscación. Cada votante se acercaba a la urna y presentaba su identificación. Un voluntario dictaba el número, otro lo apuntaba manualmente en folio de papel y otro lo introducía en una aplicación de su móvil, cuando funcionaba. No realizaban ninguna comprobación sobre ningún censo, aunque ciertamente había apariencia de seriedad. La sensación era de un cierto caos civilizado, pero la gente se mostraba satisfecha (incluso emocionada, como pasó en la anterior votación sobre el mismo asunto del 9 de noviembre del 2014) de haber podido participar en la votación y haber podido culminar lo que, a todas luces, era un acto de ilusión, de protesta o de rebeldía, satisfecha de haber conseguido que el gobierno central hubiese fracasado estrepitosamente en su intento de impedírselo.