
Graffiti en Nasa, Colombia. Demotix/Joana Toro. Todos los derechos reservados.
2016 será recordado como el año en que Colombia logró poner fin a un conflicto sangriento y cruel, y en apariencia inacabable, que duró más de 50 años. Repasando el rol de los numerosos actores que intervinieron en las negociaciones, desde las delegaciones negociadoras de ambas partes y los garantes cubanos y noruegos, hasta los asesores internacionales y los foros y organizaciones de la sociedad civil, el proceso de negociación demostró una inusitada capacidad de atravesar enormes complejidades y entregar un acuerdo final, estableciendo el fin a un conflicto tan arraigado que aparecía, durante largos años y aún décadas, como prácticamente irresoluble.
Contempladas desde cierta distancia, las negociaciones de paz en La Habana llegaron a un final exitoso a pesar de los innumerables obstáculos y detractores que trataron con mucho empeño de descarrilar o de fastidiar el proceso. Y eso sucedió por varias razones. Algunas de ellas pudieron ser consideradas legítimas por una parte de la población, cuya dificultad para aceptar que el gobierno se sentase a la mesa con un grupo que tanta sangre y sufrimiento trajo a la población era enorme, pero la mayoría eran –y siguen siendo— razones partidarias interesadas y hasta oscuras.