El segundo intento de reemplazar la constitución que Augusto Pinochet le impuso a Chile en 1980 revela hasta qué punto el fantasma del dictador sigue acechando a este país.
Pinochet no murió: es un vampiro de 250 años que se alimenta de corazones jóvenes y sobrevuela Santiago de Chile para cazarlos. Así comienza “El Conde”, sátira de Pablo Larraín que ridiculiza a Pinochet y a su familia, con la aparición estelar de Margaret Thatcher como narradora en off. La parodia, de la que todo Chile habla, se posa sobre la impunidad y la presencia ubicua del dictador en el imaginario social.
La imagen de Pinochet como vampiro o fantasma no es rara en Chile. En mayo, una encuesta de la consultora CERC-MORI reveló que 36% de los consultados justificaba el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, el porcentaje más alto desde que se tiene registro. El mito del milagro pinochetista se refuerza en medio de los problemas actuales de seguridad pública y de una economía que no despega, según los investigadores. “La sombra de Pinochet a los 50 años del golpe se levanta como un fantasma que parece no tener paz”, dice el informe.