50.50: Investigation

La homosexualidad es una “distorsión provocada por Satanás”

Una pastora le dice a nuestro reportero encubierto en Costa Rica que estudiar la Biblia y escuchar música cristiana lo pueden ayudar a cambiar su orientación sexual.

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David Chavarría Hernández
26 noviembre 2021, 3.34pm
Illustration: Inge Snip

¿Sus papás están divorciados? ¿Ve pornografía? ¿Consume drogas? ¿Escucha música rock? ¿Hace yoga y meditación? ¿Cree en el horóscopo y tarot? Estas son algunas de las preguntas de un formulario que estoy llenando en una pequeña iglesia cristiana en el centro de San José, la capital de Costa Rica.

Estoy aquí como reportero encubierto; me hago pasar por un joven gay con dificultades para aceptar su orientación sexual, como parte de una investigación de openDemocracy, con la que colabora el programa Interferencia de Radioemisoras UCR.

Estamos examinando cómo grupos de la derecha cristiana de EEUU promueven las ‘terapias de conversión’ en América Central.

La expresión ‘terapia de conversión’, según un informe presentado ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU el año pasado, describe “intervenciones de diversa índole que se basan en la creencia de que la orientación sexual y la identidad de género, incluida la expresión de género, de las personas pueden y deben cambiarse o reprimirse”, con el fin de “convertir a las personas no heterosexuales en heterosexuales y a las personas transgénero o de género diverso en cisgénero”.

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En 2019, la Organización Mundial de la Salud retiró los asuntos de identidad de género de su manual de desórdenes mentales y conductuales. Y desde 2012 la Organización Panamericana de la Salud advierte que las ‘terapias de conversión’ son ineficaces y potencialmente dañinas.

Me enteré de esta iglesia buscando en Internet. La líder de esta pequeña congregación cristiana asegura haber “ayudado” a muchas personas a dejar la “homosexualidad” y a seguir una “vida normal”.

Cuando llamé al número que aparece en su página de Facebook, atendió una mujer que se identificó como la pastora. Luego de contarle que era un hombre joven homosexual, me invitó a una sesión.

Me indicó que el “servicio” no tenía costo. Pero me sugirió donar algún dinero para cubrir gastos como los pañuelos desechables. “Las personas lloran mucho en estas sesiones”, me explicó.

‘Viene Satanás’

Llego a la iglesia unos días después, y una asistente de la pastora me invita a esperar y me entrega una carpeta con dos hojas dentro: una lista de versículos de la Biblia referidos a la sexualidad y un formulario con preguntas personales.

Me siento a contestar el cuestionario en una de las muchas sillas metálicas plegables acomodadas en filas en un salón amplio y sin luz natural.

A unos metros, sobre una tarima, veo un púlpito rodeado de instrumentos musicales. De la pared cuelgan algunas cortinas color blanco y vino. Al frente, además, hay arreglos florales en el piso, y una base de madera sostiene una bandera de Costa Rica. Estoy nervioso y me preocupa que los demás noten cómo me late el corazón en el pecho.

La pastora dice que ‘trata’ la homosexualidad del mismo modo que ha tratado un trastorno de la personalidad o una adicción

Un rato después, llega la pastora y me saluda con una sonrisa. Me hace sentir incómodo, como mínimo, pero trato de mantenerme calmado.

Examina el formulario y me lanza casi de inmediato la pregunta de si fui abusado en la infancia. Contesto que “no”. Y ella replica: “Una de las cosas que he encontrado en algunas personas que tienen estos problemas es la masturbación. La masturbación y la pornografía”.

La pastora me indica que “trata” la homosexualidad del mismo modo que ha tratado un trastorno de personalidad o una adicción. “Conlleva lo mismo, la destrucción del ser humano”.

Añade que la mayoría de las personas gay “consumen droga” y luego me pide que lea en voz alta un versículo de la Biblia, Romanos 1:24-32, que condena la homosexualidad. Lo hago. “Dios ya lo ha dicho, y ellos lo saben, que quienes hacen esto merecen la muerte”, dice el fragmento final. Tengo un nudo en el estómago.

Ella es muy clara sobre las implicaciones de mi “pecado” – sentirme atraído por otros hombres –  y explica que si he “tenido relaciones sexuales con otro hombre”, mi cuerpo está “contaminado”. 

También dice que probablemente fui concebido por mis padres luego de “mirar pornografía” por lo que nací “contaminado”. Pero si hay otras personas LGBTQ en mi familia, hay más posibilidades de que otros familiares sean también LGBTQ, agrega.

“Viene Satanás”, dice, “y toca a este miembro de la familia y va a tener derecho a las personas que siguen. Él no va a permitir que esta cadena se rompa”.

La sesión dura más de una hora, y cerca del final ella me ofrece un diagnóstico: padezco una “distorsión provocada por Satanás” que me hace ir en contra de la creación de Dios. Llegado a este punto, no sé si reír o llorar.

Sin embargo, añade, estas “prácticas” pueden derrotarse, y promete estar a mi lado en el camino para reprimir mi orientación sexual.

“Con la ayuda de Dios vas a salir, vas a tener un hogar normal. Te vas a casar con una mujer, estás joven. Vas a poder conocer a tus hijos y criarlos bien”. 

Recomienda orar, escuchar música cristiana, estudiar la Biblia y evitar vincularme con otras personas gay, así como eliminar la pornografía y la masturbación. No puedo evitar preguntarle qué bandas musicales me sugiere.

También dice que debería asistir a sesiones semanales en la iglesia y reunirme con otras personas que pasaron por este proceso y ahora tienen vidas “normales” como heterosexuales.

La pastora hace entonces pasar a su asistente y a una tercera mujer, que se presenta como profetisa de la iglesia. Las tres oran por mi “sanación” y “conversión”, y la voz de la pastora va creciendo en intensidad a medida que pasan los minutos. Resulta bastante intimidante.

“Vas a ser libre, si vos querés”, me dice ella, mirándome a los ojos. “Pones tu parte y Dios hace la de él”. Me pregunta si me siento mejor. No sé qué contestarle.

La sesión ha terminado, y me ofrecen café. Pretexto un compromiso y salgo apurado a la calle, sin dejar ofrenda para los pañuelos desechables que enjugarán las lágrimas de quienes pasen por esto.

Yo no uso la palabra ‘gay’

Meses después, openDemocracy envió a la iglesia un pedido de comentario sobre nuestros hallazgos.

En su respuesta, la pastora reiteró sus afirmaciones sobre los vínculos de la homosexualidad con el uso de drogas, la pornografía, el abuso sexual, los pecados de los padres y la masturbación, asegurando que son “conclusiones” extraídas de sus “40 años de consejera espiritual cristiana” y de versículos de la Biblia que citó para cada una de sus afirmaciones.

Objetó el uso de la palabra “gay” en nuestro recuento de su sesión, pues no corresponde a su “léxico”. También dijo que fui voluntariamente a la sesión y afirmé ser cristiano. “Si él hubiera dado una respuesta negativa, no se le habría dado la consejería”, dijo.

También criticó nuestro reporteo encubierto, según ella de “poca profesionalidad”. 

Dijo asimismo que sus servicios son gratuitos y no solo para “problemas de ‘pérdida de identidad sexual’”, sino también para “personas con ataques de pánico y depresión. Tengo testimonios de personas que pasaron por esas situaciones [...] que son libres por el poder de Jesucristo”.

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