"Llevamos aquí cuatro días", dice la escritora y académica sudafricana Jessica Breakey en una nota de voz enviada desde el desierto libio, donde ella y cientos de voluntarios quedaron varados en su intento de entregar ayuda humanitaria a Gaza. De fondo se escuchan personas conversando, organizándose y cantando canciones por Palestina.
"No hay baños. Pero esta es una noticia realmente importante sobre algo que está pasando en el extremo norte de África. Y de la que nadie está hablando”.
Breakey forma parte de una caravana de varios centenares de personas que intentan llegar a Gaza por tierra para entregar ambulancias, suministros médicos, sustituto de la leche materna, alimentos y materiales de construcción.
Cada vez que la señal lo permite, envían audios, aprovechando los breves momentos en que las comunicaciones no están bloqueadas. Esos fragmentos, transmitidos desde una de las regiones más peligrosas del mundo, narran una historia de coraje, solidaridad y resistencia.
El convoy terrestre es parte de la iniciativa de la Flotilla Global Sumud, un esfuerzo civil para desafiar el bloqueo israelí a la población de Gaza por mar y por tierra. Los organizadores señalan que el objetivo de la flotilla no es solo entregar ayuda, sino enfrentarse a los sistemas que han generado esta crisis humanitaria: el bloqueo, la ocupación israelí y la complicidad internacional que los sostiene.
El destino final es Gaza. Pero por ahora simplemente intentan llegar a Rafah, en la frontera con Egipto. Ese paso fronterizo, argumentan los voluntarios, debería funcionar como un corredor humano, no como una puerta que las autoridades israelíes – acusadas de llevar a cabo un genocidio – abren y cierran a voluntad.
La ruta en sí misma es parte de la acción: un acto itinerante de solidaridad a través del norte de África destinado a generar presión pública y visibilidad en un momento en que la atención mediática se ha apartado de la crisis en Palestina.
El viaje de Breakey comenzó en Mauritania, en el Sahara Occidental, y atravesó Marruecos, Argelia y Túnez antes de llegar a Libia. En Trípoli, los voluntarios internacionales se reunieron en un campamento para preparar las ambulancias, los camiones y la ayuda humanitaria.
El convoy, dice Breakey, cruzó el oeste de Libia y se detuvo en la "bella ciudad" de Zliten, donde los habitantes salieron a las calles, los acogieron en una mezquita y les dieron de comer. Allí, Mandla Mandela, nieto del expresidente sudafricano Nelson Mandela y también integrante del convoy, dio una conferencia de prensa en la que conectó esta misión con la tradición de solidaridad internacional contra el apartheid que sufrió su país.
Pero ahora el convoy quedó varado cerca de Sirte, en una zona aún marcada por años de guerra y fragmentación política de Libia. La caravana había conseguido negociar su paso en varias paradas y puestos de control a lo largo del país. Pero las milicias libias que custodian las afueras de Sirte no permiten que el convoy siga adelante.
"Nos dijeron que nos detuviéramos", cuenta Breakey. "Y aquí llevamos cuatro días”.
La caravana se detuvo en lo que Breakey describe como "una pequeña gasolinera en medio del desierto, con edificios abandonados en una antigua zona de guerra". Hace calor y hay viento. La comida y el agua se están racionando. Y no hay saneamiento.
Sin baños, los voluntarios hicieron uso de sus diversas habilidades para construirlos. "Fabricaron tuberías", dice Breakey. "Arreglaron las luces, la electricidad, la sanitaria". Nadie dio órdenes. "Simplemente lo hicieron. Y lo están haciendo para toda la comunidad".

El campamento, según Breakey, se ha convertido en un pequeño e improvisado estudio de cuidado colectivo bajo presión. Camaradas, amigas y compañeros de viaje de todo el mundo se reunieron en un desierto del norte de África para crear un momento de solidaridad verdaderamente internacional, como ejemplo de lo que es posible cuando gente común se organiza.
Bilal, un chef argelino, se ha convertido en el alma del campamento. Incluso con la comida escasa y las raciones cuidadosamente distribuidas, siempre está junto al fuego, cocinando y haciendo reír a la gente. Le contó a Breakey que su "gran sueño" es ir a Gaza y cocinar para sus habitantes, compartiendo su herencia. Su madre era cocinera, su abuelo era cocinero, y él mismo cocina desde que era niño.
La diversidad del convoy es su fortaleza, según Felipe, un estudiante de filosofía chileno de 29 años de ascendencia palestina. Cuantas más personas de diferentes procedencias se suman, le dijo a Breakey, más creativo y poderoso se vuelve el movimiento.
"Ni siquiera necesitamos hablar el mismo idioma", recuerda Breakey que él dijo. "Hemos desarrollado un lenguaje común y objetivos compartidos por Palestina."
Eya es una arquitecta tunecina que le relató a Breakey que no estudió esa profesión para construir "grandes edificios lujosos", sino para trabajar en la reconstrucción posguerra. Por eso está allí. "Para reconstruir los hogares de las personas después del genocidio”.
En paralelo al convoy terrestre hay una flotilla marítima. Ambos son parte del mismo esfuerzo para evitar que Gaza quede aislada del mundo. Breakey lo expresa así: "Por tierra y por mar, Palestina será libre”.
Para muchos en el campamento, la conexión entre los dos grupos es personal. Hay quienes tienen colegas, hermanos y mejores amigos en los barcos.
Reuters informó esta semana que las fuerzas israelíes interceptaron los 50 barcos de la flotilla en el Mediterráneo oriental, y los organizadores señalaron que 428 participantes de más de 40 países fueron detenidos. Las fuerzas israelíes abrieron fuego al menos dos veces, según los voluntarios, mientras que Israel afirmó que no se utilizaron municiones reales y que ningún manifestante resultó herido.
El ministro de Seguridad israelí, el extremista Itamar Ben-Gvir, apareció en un video en el que se lo veía celebrando el maltrato físico y psicológico que soldados israelíes cometían contra los voluntarios de la flotilla, lo que generó una condena internacional. La Comisión Europea calificó el trato como "completamente inaceptable".
Los peligros para el convoy son evidentes. Pero, dice Breakey, "ni siquiera la preocupación por nuestra seguridad está frenando la determinación de esta gente de llegar a Rafah”.
No es la primera vez que se intenta entregar ayuda a Gaza a través de esta peligrosa ruta por el desierto. El año pasado, miles de personas se sumaron a un esfuerzo similar. Como en este caso, el convoy fue detenido en Sirte.
Para quienes esperan en Libia, la necesidad de superar Sirte ha adquirido un enorme peso psicológico. "Creo que psicológicamente es mucho", dice Breakey. "Ayer [martes] fue el día más duro para mí desde que estamos aquí”.
El martes, el convoy envió una pequeña delegación – 18 personas de 10 países, viajando en dos ambulancias – que entregó una carta solicitando el libre paso. El trayecto era de apenas siete kilómetros, pero implicaba avanzar hacia las puertas de Sirte, pasando junto a fuerzas armadas y milicias.
"Fue muy difícil decidir quién iba a ir", explica Breakey.

La carta, enviada por la organización de Sumud en el Maghreb y el Comité Directivo de la Flotilla Global Sumud al gobierno libio y a la Media Luna Roja explica que la caravana es un "convoy internacional especializado en socorro humanitario", que incluye camiones, ambulancias y unidades de alojamiento móviles, con voluntarios entre los que hay médicos, ingenieros, educadores, abogados, profesionales de los medios de comunicación y trabajadores humanitarios.
La carta solicita a las autoridades libias que garanticen un "corredor seguro e ininterrumpido" a través de Sirte y Bengasi, hasta el paso fronterizo de Sallum, sin "obstrucción, detención, intimidación, confiscación ni acoso".
Ahora el convoy espera una respuesta.
Cuando la delegación regresó sana y salva, dice Breakey, "el alivio fue absoluto".
'Estamos aprendiendo de los palestinos'
El primer día del viaje, recuerda Breakey, los organizadores pidieron a las personas que se pusieran de pie si habían participado previamente en una flotilla y habían sido detenidas por el ejército israelí. "La mitad de la sala se puso de pie". Luego preguntaron quién había participado antes en un convoy y había sido bloqueado. "Al final todo el mundo estaba de pie".
Entre ellos había un trabajador turco de búsqueda y rescate que había estado a bordo del buque Mavi Marmara en 2010 y fue herido de bala durante un asalto israelí. El Mavi Marmara era parte de una flotilla de ayuda con destino a Gaza. El ataque mató a 10 activistas turcos.
"Lo que me parece particularmente significativo es que este esfuerzo está liderado principalmente por activistas del Magreb", dice Breakey. Son personas del norte de África con "décadas de vínculos políticos y solidaridad con Palestina".
"Todo lo que estamos aprendiendo aquí", dice, "lo estamos aprendiendo de los palestinos. Los norafricanos están cantando canciones de liberación palestina", dice.
Por ahora esperan. Su petición a las autoridades libias es la misma que harán a las autoridades israelíes si el convoy logra llegar a Rafah: Déjenos pasar.