Coreografia da escolha: A disputa pelo aborto no Brasil (que podría traducirse como Coreografía de una decisión: La disputa por el aborto en Brasil) es una valiosa indagación periodística en la historia política y social que sigue limitando la autonomía reproductiva en el país más poblado de América Latina. democraciaAbierta publica un fragmento de la introducción del libro editado por Fósforo Editora, que ya se puede adquirir en venta anticipada en portugués. Se trata de una traducción libre y ligeramente editada para la mejor comprensión del público en español.
Este libro surgió en junio de 2022, en el segundo piso de un pequeño edificio antiguo frente al Aterro do Flamengo, en Río de Janeiro, en la oficina de Jacqueline Pitanguy. La conversación con la histórica feminista y expresidenta del Consejo Nacional de los Derechos de la Mujer (CNDM) no versaba sobre el aborto. La entrevista para el podcast Sufrágio, del diario Folha de S.Paulo, abordaba la participación de las brasileñas en la política, desde la conquista del voto hasta las elecciones presidenciales que se avecinaban – la socióloga había desempeñado un papel central en esa trayectoria al liderar el cabildeo feminista en la Asamblea Constituyente de 1987.
Las paredes estaban cubiertas de carteles de campañas promovidas por el CNDM que ella dirigió. Uno de ellos, colgado sobre la puerta del balcón, mostraba la imagen de una mujer desnuda, con los pechos al descubierto, tumbada boca arriba y con una de las manos sobre el vientre. En letras mayúsculas, se leía: "Tener o no tener hijos. Una decisión". El cartel formaba parte de la campaña “Salud de la mujer: un derecho por conquistar", difundida por el CNDM y el Ministerio de Justicia en 1989, año de la primera elección presidencial directa, luego de décadas de dictadura.
Poco antes, todavía bajo el régimen militar, el movimiento feminista había comenzado a trabajar para enmarcar el aborto como una cuestión de salud pública. Por primera vez dentro del Estado, gracias a la redemocratización, activistas como Pitanguy ayudaban a institucionalizar el debate que habitaba en los márgenes de la izquierda – un tema considerado de nicho, a pesar de comprender a más de la mitad de la población – y a crear el primer servicio de aborto legal del país. El camino recorrido hasta aquella campaña había sido tortuoso y complejo, pero la imagen parecía una demostración audaz de que Brasil estaba listo para mantener un debate maduro y sensible sobre el aborto.
Sin embargo, 33 años después, aquel anuncio con una defensa abierta del derecho al aborto, patrocinado por un organismo del gobierno federal, parecía surrealista. Vivíamos bajo la presidencia de Jair Messias Bolsonaro, el exdiputado federal defensor de los militares, que tomó la lucha contra el aborto como uno de los principales puntos de su “agenda de valores”. Bajo su mandato, la frágil estructura administrativa que protegía la interrupción del embarazo en los pocos casos en que está permitida en Brasil – violación, riesgo de vida para la persona embarazada o anencefalia fetal – se vio rápidamente erosionada.
El Ministerio de Salud publicó normas técnicas y decretos que dificultaron el acceso a los escasos servicios de referencia del país. Una de ellas obligaba a los médicos a informar a la policía sobre abortos motivados por violencia sexual, con el pretexto de ayudar a investigar los delitos, creando así una barrera más para las mujeres que no quieren – o no pueden – denunciar a sus agresores. Otra establecía un límite de edad gestacional para la interrupción en casos de violación. Damares Alves, entonces ministra de la Mujer, la Familia y los Derechos Humanos, intervino personalmente para intentar impedir que una niña de 10 años, violada por su propio tío, pudiera ejercer su derecho al aborto.
El gobierno también había ayudado a fundar el Consenso de Ginebra, un grupo compuesto por países ultraconservadores como Hungría, Arabia Saudí y Uganda, cuyo objetivo era impulsar en los foros internacionales la agenda contra el aborto y "profamilia", que se limitaría, por supuesto, a aquella formada por un hombre y una mujer.
Además de este panorama, una semana antes de la entrevista con Pitanguy, se había hecho pública otra noticia sombría que situó el aborto en el centro de la actualidad. En Santa Catarina [estado del sur de Brasil], se le impedía una niña de 11 años acceder a la interrupción del embarazo a la que tenía derecho. El reportaje, publicado por los sitios web The Intercept Brasil y Portal Catarinas, contaba que una jueza había retirado a la niña de la custodia de la familia y había intentado convencerla de que desistiera del aborto. "¿Podrías aguantar un poquito más? ", le preguntó a la niña.
El gobierno de Bolsonaro defendió la actuación de la jueza Joana Ribeiro Zimmer, quien, años después, fue sancionada por el Consejo Nacional de Justicia. La ministra Damares afirmó que "la magistrada señaló la existencia de otra alternativa [al aborto], lo que todo magistrado sensato hace ante un caso como este". Tras una intensa presión mediática y la ayuda del movimiento feminista, la niña logró interrumpir el embarazo.
El calvario de la niña de Santa Catarina acabó apareciendo, casi por casualidad, en un episodio del podcast Sufrágio. Esto ocurrió porque, para explicar cómo funciona el grupo de diputadas de la Cámara de Diputados, acudimos a la Comisión de Defensa de los Derechos de la Mujer una tarde de julio de 2022. En esa sesión, las diputadas bolsonaristas intentaron aprobar una moción de aplauso, una especie de condecoración o agradecimiento, para la jueza Zimmer. La acalorada discusión que se produjo en el pleno, especialmente entre las diputadas federales Chris Tonietto (del Partido Liberal, derecha) y Sâmia Bomfim (del Partido Socialismo y Libertad, izquierda), no dejaba lugar a dudas de que el aborto era un tema fundamental para las mujeres de aquella legislatura. El número de diputadas de centro se había reducido, y la mayor parte de las parlamentarias elegidas en 2018 (77, un récord hasta entonces) se agrupaban en polos ideológicos opuestos, para los cuales las cuestiones de derechos humanos constituían una parte central de la agenda política.
El caso de la niña de Santa Catarina repetía un patrón de casos individuales elevados a la condición de historias nacionales.
La inquietud sobre cómo habíamos pasado del eslogan "Tener o no tener hijos. Una decisión” a la pregunta "¿Podrías aguantar un poquito más?" desembocó en la creación de un nuevo podcast. Decidimos investigar cómo el aborto se había convertido en un tema recurrente en los pasillos de Brasilia, y por qué la decisión de interrumpir o no un embarazo moviliza tanto el ánimo político de la nación. Nuestra investigación nos llevó a Campo Grande, capital de Mato Grosso do Sul [sudeste de Brasil], donde, en 2007, un reportaje con cámaras ocultas de la Red Globo en una clínica clandestina desencadenó una operación policial. La incautación de miles de historias clínicas de pacientes dio inicio al mayor proceso penal contra mujeres por aborto en la historia de Brasil. El podcast ‘Caso das 10 Mil’ fue publicado por Folha en agosto de 2023. Cuenta la historia del auge y la caída de la Clínica de Planificación Familiar de Campo Grande y de cómo la investigación contra casi 10.000 mujeres supuso un punto de inflexión en la disputa sobre el aborto en el país.
Cuando ‘Caso das 10 Mil’ llegó a oídos del público, el clima nacional era otro. Desde nuestro encuentro con Pitanguy en la zona sur de Río de Janeiro, Bolsonaro había sido derrotado en las urnas y había comenzado el tercer mandato de Luiz Inácio Lula da Silva. La orden del Ministerio de Salud que obligaba a los médicos a informar de los abortos legales a la policía fue revocada en los primeros días de enero de 2023. En el Supremo Tribunal Federal (STF) se avecinaba un voto histórico: la magistrada Rosa Weber, ponente de una demanda constitucional que solicitaba despenalizar el aborto hasta la semana 12 de gestación, iba a jubilarse. Se rumoreaba entre bastidores del movimiento feminista que la magistrada tenía la intención de presentar su voto antes de abandonar el tribunal.
Y así lo hizo, el 22 de septiembre de 2023. Weber disertó sobre el derecho de las mujeres a una vida digna y afirmó que las brasileñas son "titulares de derechos". Determinó que la Constitución brasileña abarca el derecho a la autodeterminación reproductiva y, por lo tanto, al aborto.
Sería fácil deducir que todo apuntaba a una inexorable ampliación del derecho al aborto. Pero la realidad resultó ser mucho más compleja. Tras el voto de Weber, se paralizó el análisis de la demanda, conocida como ADPF 442. Tres años después, mientras escribimos esta introducción, solo otro magistrado ha presentado su voto.

El poder legislativo reaccionó de manera virulenta ante los pequeños indicios de avance feminista y estuvo a punto de aprobar una nueva ley que tipificaría como delito atroz el aborto después de la semana 22 de gestación, imponiendo en los hechos a las mujeres violadas una pena mayor que la impuesta al violador.
El Ejecutivo, de nuevo gobernado por el Partido de los Trabajadores (PT, centroizquierda), ya no dedica su tiempo a promulgar medidas que dificulten el acceso a los servicios públicos de salud reproductiva, pero ha hecho poco para garantizar el cumplimiento de ese derecho – y menos aún por su ampliación.
‘La disputa por el aborto en Brasil es una coreografía con los mismos actores’
En los tres años de nuestra investigación, nos hemos dado cuenta de que las piezas de este tablero han cambiado poco a lo largo de las décadas. Algunas han surgido, otras han desaparecido momentáneamente del foco de atención, pero, con pocas excepciones, las personas y los grupos que actúan a favor y en contra del derecho al aborto en Brasil son los mismos desde el regreso de la democracia, en 1985.
La correlación de fuerzas, sin embargo, está en constante cambio. En diciembre de 2025, volvimos a hablar con Pitanguy para aclarar el debate sobre el aborto en la Constituyente de 1987. En su respuesta, sin querer, la veterana feminista nos dio la palabra que nos faltaba para describir lo que veníamos observando en nuestra investigación: "La disputa por el aborto en Brasil es una coreografía con los mismos actores", dijo. En ese baile, estamos inmovilizadas, con dos pasos adelante y dos pasos atrás. Coreografia da escolha surge de la convicción de que es necesario comprender esta disputa como un hilo continuo, en el que el movimiento de sus participantes genera impactos que se sentirán décadas después.

Elegimos como marco temporal del libro el inicio del primer gobierno de Lula, en 2003. Fue entonces, en el cambio de milenio, cuando comenzaron los movimientos tectónicos que desembocaron en la actual configuración de fuerzas de este enfrentamiento. La euforia provocada por la llegada del PT al poder, con la incorporación de representantes de movimientos sociales, sindicales y laborales a las altas esferas de la administración pública, generó grandes expectativas de avances en los derechos reproductivos.
Al igual que en 2023, el cambio progresista no se materializó, y la represalia conservadora iniciada en respuesta a la movilización feminista se convirtió en una gran fuerza política extendida por todo Brasil.
Cuando es necesario, damos algunos pasos aún más atrás. El resurgimiento del movimiento feminista brasileño, al final de la dictadura militar, por ejemplo, es fundamental para comprender quiénes eran las mujeres con poder de decisión en la era de Lula. Del mismo modo, volvemos a los años 1980 y 1990 para explicar cómo las brasileñas descubrieron, de boca en boca, un medicamento que revolucionaría el aborto en todo el mundo.

Pero podríamos hablar de la interrupción del embarazo desde los albores de la historia de la humanidad: desde que el mundo es mundo, las mujeres toman decisiones para regular su capacidad reproductiva. El aborto es tan antiguo que hay registros que datan del siglo V antes de Cristo, en la Antigua Grecia. Los métodos de las griegas no difieren tanto de los utilizados por la generación de nuestras abuelas: fármacos a base de hierbas, ejercicios intensos e instrumentos mecánicos, acompañados de cantos mágicos.
Las encargadas de los abortos eran las mismas mujeres que trabajaban como parteras. Durante miles de años, la reproducción fue un asunto exclusivamente femenino, de principio a fin. Solo la embarazada podía confirmar la existencia de "su estado", reconocida oficialmente a partir del movimiento del feto. El retraso menstrual se consideraba a menudo un problema en sí mismo – y, en lugar de abortar, se tomaban infusiones para "regularizar el flujo" o "hacer correr la sangre". Este vocabulario, tan alejado de los términos radicalizados que la política usa hoy para abordar el tema, ha acompañado a las mujeres a lo largo de la historia. Se encuentran registros de esta terminología en la antigüedad, en los Estados Unidos del siglo XIX y en el Brasil de los años 1990.
La historiografía señala que hasta el siglo XVIII el aborto fue ampliamente ignorado por las autoridades públicas masculinas. Lo cual no significa que hubiera uniformidad de opiniones: había ambigüedad y controversia. Aunque los griegos no castigaban el aborto, Hipócrates incluyó en su famoso juramento médico: "Tampoco daré a la mujer un pesario abortivo". En algunos casos, el procedimiento se castigaba por vulnerar el derecho masculino a la propiedad de los hijos. Abortar representaba quitar "la esperanza del padre, el recuerdo de un nombre […], el heredero de una familia", como escribió Cicerón en el año 66 a. C. Los asirios, que autorizaban el abandono de los niños nacidos y no deseados, castigaban el aborto con la empalamiento, porque solo al padre le correspondía el derecho de decidir sobre la "deseabilidad" de sus herederos.
Con la difusión del cristianismo, se introdujo el feto como sujeto en la ecuación. La nueva religión declaró que el aborto atentaba contra la creación divina y, por lo tanto, contra la moralidad. Aun así, no se llegó a un consenso. En el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino distinguía entre el aborto hasta los 40 días de gestación (para los fetos masculinos) y los 80 días (para los femeninos) y el que se realizara a posteriori: solo el segundo equivalía a un homicidio. Solo en 1869 el papa Pío IX estipuló que el embrión tiene alma desde la concepción, consolidando la visión cristiana actual sobre el aborto.
Al igual que el aspecto moral y religioso, los cambios científicos, políticos y económicos influyeron en el trato que los hombres públicos dispensaban al procedimiento. El avance de la medicina destronó a las parteras, instituyendo al médico como único depositario del conocimiento obstétrico. La sabiduría milenaria femenina quedó relegada al ámbito de las supersticiones y la brujería, y el mayor conocimiento sobre el embarazo restó relevancia a la palabra de la mujer en el proceso reproductivo. Las autopsias de mujeres embarazadas aportaron a los manuales médicos imágenes y descripciones de fetos en diferentes etapas de desarrollo. Más de una vez, ya fuera en la Revolución Industrial inglesa o en la Unión Soviética de la posguerra, la necesidad de producir trabajadores para la economía guió la criminalización del aborto.
En Brasil, el Estado y la Iglesia existieron como una sola entidad durante todo el período colonial, y la prohibición del aborto en las tierras sudamericanas siguió la evolución de la interpretación católica sobre el procedimiento, desde los 40 días hasta la vida desde la concepción. A esto se sumó la cuestión del poblamiento de la colonia, que preocupaba a la metrópoli, y el aborto se entendió como una forma de control demográfico no deseado. Aquí, al igual que en Europa, se mezclaban las motivaciones religiosas y políticas para criminalizar el control de la mujer sobre su propia capacidad reproductiva.
Mientras los hombres discutían sobre la legalidad del aborto, las mujeres lo practicaban. A lo largo de todos los períodos históricos, independientemente de las penas impuestas, el aborto ha sido un hecho común en la vida de las mujeres
El primer Código Penal brasileño tras la Independencia, promulgado en 1830, prohibía explícitamente el aborto practicado a otra persona. Pero fue este, curiosamente, el período más permisivo de nuestras leyes, ya que eximía a las gestantes de la pena. Estas serían incluidas como delincuentes durante el período de la República, en el conjunto de leyes penales de 1890 que estuvo en vigor hasta 1940, cuando se aprobó el Código Penal bajo el cual vivimos aún hoy. El principal cambio de la ley instituida durante el Estado Novo (la dictadura que rigió Brasil entre 1937 y 1945) fueron dos excepciones al castigo por el aborto provocado: la violación y "si no hay otro medio de salvar la vida de la embarazada". En 2012, se sumó a las excepciones la anencefalia del feto, por decisión del STF.
Mientras los hombres discutían sobre la legalidad del aborto, las mujeres lo practicaban. A lo largo de todos los períodos históricos, independientemente de las penas impuestas, el aborto ha sido un hecho común en la vida de las mujeres. Su presencia en Brasil se describe en una de las cartas del padre José de Anchieta, en 1560. El jesuita dice que las "mujeres brasileñas", "enfadadas con sus maridos", por miedo u otras razones, interrumpían los embarazos bebiendo pociones de hierbas o apretándose el vientre. Los ejemplos son infinitos, desde Brasil hasta la China imperial, desde la antigüedad hasta el siglo XXI. En 2025, alrededor de 765 millones de mujeres en edad reproductiva vivían bajo leyes que restringen el aborto – a pesar de ello, se estima que se practican 73 millones de abortos al año, y el 45% se consideran inseguros.
También ha habido siempre muchas muertes por abortos realizados en pésimas condiciones sanitarias o con métodos rudimentarios. Esta precariedad se agrava en situaciones de criminalización, porque las pacientes suelen posponer la búsqueda de atención médica en caso de complicaciones. En Estados Unidos, un poderoso símbolo del aborto clandestino es la imagen de la percha de ropa – utilizada por mujeres desesperadas y sin alternativa para perforar el cuello uterino e inducir la pérdida gestacional. Se estima que, en la década de 1960, antes de la despenalización nacional instituida por la Corte Suprema, una de cada seis muertes de gestantes estaba relacionada con interrupciones mal realizadas.
Aun así, las mujeres persistieron, por necesidad y rebeldía. Crearon redes clandestinas para ayudar a otras a acceder al procedimiento. Algunas fueron (o son) organizaciones complejas y extensas, como Socorristas en Red, de Argentina, o el Colectivo Jane, de Estados Unidos – este último con activistas que aprendieron a realizar abortos quirúrgicos para no depender de la buena voluntad de los médicos.
Otras redes son grupos de amigas que se pasan en secreto los contactos de clínicas de confianza o se acompañan unas a otras en habitaciones de hotel. Las mujeres no son meras observadoras de la batalla política que se libra en las instancias del poder institucional. Ya sea en la organización pública de grupos feministas, como el lobby liderado por Pitanguy, o en la acción privada de ayudar a una compañera con una píldora abortiva, las mujeres retratadas en este libro no son damiselas indefensas. Lo cual no significa que no hayan sido víctimas de violencia – del Estado, de los servicios de salud, de sus parejas o de sus familias.
Los siete capítulos de Coreografia da escolha se han estructurado en torno a momentos emblemáticos de la historia reciente del aborto en Brasil. Hay decenas, quizá cientos de otras historias que llegaron a los periódicos y causaron revuelo en los últimos 25 años. Las que elegimos para guiar el recorrido de este libro tuvieron repercusiones políticas, sociales y médicas duraderas, que ayudaron a moldear el debate sobre el derecho al aborto en ese período.
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Coreografia da escolha no es, ni pretende ser, la única historia sobre el aborto en Brasil, algo que sería imposible. Cada año hay alrededor de medio millón de nuevos casos. Algunos son relatos de violencia y superación; otros, de autonomía y alivio. Las historias que han llegado a las páginas de este libro pretenden responder a la pregunta que nos suscitó el cartel en la oficina de Jacqueline Pitanguy: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Nuestra investigación es un intento de hacer menos opacas las discusiones sobre el derecho al aborto en Brasil, en un panorama político que parece querer enturbiarlas cada vez más.
Angela Boldrini es reportera del diario brasileño Folha de S.Paulo desde 2014, tiene un máster en estudios de género por la London School of Economics y es co-autora del podcast ‘Caso das 10 Mil’.
Carolina Moraes es periodista de Rádio Novelo. Fue reportera del diario brasileño Folha de S.Paulo en São Paulo y Brasilia, y es co-autora del podcast ‘Caso das 10 Mil’.