
Cristina Kirchner y Lula da Silva durante un encuentro en la Casa Rosada. 10 Septiembre 2015. Buenos Aires, Argentina. Gabriel Rossi/LatinContent/Getty Images. All rights reserved.
Es siempre en los pilares de la historia que uno debe leer el presente y pensar en el futuro. El periodo 2000-2015 debe verse también en esa perspectiva, la del pasado reciente, la de las preguntas que hemos respondido y las de las que nos quedan por responder.
En el paso de los siglos XX al XXI vivimos un estremecimiento que tuvo que ver con la idea del fin de un ciclo y el comienzo de otro. Fue un enterramiento sin honores y un bautizo con fanfarrias. Volvía a planear sobre nuestras cabezas la palabra revolución, palabra intensa porque importa la presunción de que quien la encarna es portador del cambio, un cambio definitivo que está acompañado de la posesión de una verdad revelada. Quien la expresa no puede aceptar que esa verdad absoluta pueda cuestionarse y menos que pueda ser sustituida por otra. Los poseedores de esa verdad llegaron aupados en el voto popular que les dio legitimidad, pero supusieron que ese voto se iba a reproducir sin límites y que con el habían llegado para quedarse.