En el año transcurrido desde el asesinato de George Floyd a manos de la policía de Minneapolis, el movimiento Black Lives Matter (BLM) ha dado la vuelta al mundo. En un país tras otro, mucha gente ha reaccionado frente a la opresión y ha exigido el fin del racismo sistémico. Un año más tarde, estos movimientos por la justicia continúan activos.
Hubo algo en la cruel y gratuita muerte de George Floyd, ampliamente documentada y compartida en las redes sociales, que tuvo un eco inmediato. Lo que en un principio podría haber parecido uno más en una larga y rutinaria seguidilla de asesinatos de personas negras a manos de la policía estadounidense tuvo consecuencias inesperadas que reverberaron más allá de las fronteras.
La gente no solamente se movilizó en solidaridad, sino que también se animó a compartir sus propias experiencias de racismo en sus propios países. Muchos se movilizaron por George Floyd, pero también por muchas otras personas que han vivido vidas anónimas y muerto de forma igualmente anónima. Pronunciaron sus nombres, hicieron visible lo invisible y exigieron reconocimiento y reparación. Reclamaron una vida diferente para sí mismos y para muchos otros cuyas vidas deberían importar, pero que son tratados como si no importaran.