Los primeros meses del gobierno de Jair Bolsonaro parecían haber cambiado el tejido que constituye la sociedad brasileña. Algunos activistas tuvieron que abandonar el país ante las amenazas de muerte, mientras que los entusiastas sacaban pecho y se prometían, felices un cambio radical.
Al fin y al cabo, los bolsonaristas, aupados por el “antipetismo” habían acabado con más de trece años de hegemonía de la izquierda, que acabó despedazada por la crisis y por la corrupción generalizada que se apoderó del país.
El brasileño siguió yendo al bar a almorzar feijoada los miércoles y viendo los partidos de Flamengo los domingos. Pero la mirada a la mesa del lado era de desconfianza: ¿a quién habrían votado? Las cuentas de Instagram de figuras políticas estallaron. Las ‘bromas’ de familiares se convirtieron en motivo de pelea, y los grupos de WhatsApp, donde se solían compartir memes y fotos de los niños y los gatos, se convirtieron en verdaderos campos de batalla.