
Protestas el 15/03 en São Paulo, Brazil. FLickr. Algunos derechos reservados.
A finales de 2008, en la lujosa Galería Oeste de São Paulo se pagaban hasta 20.000 dólares por un peluche de Luiz Inácio Lula da Silva, entonces presidente de Brasil. El peluche presidencial era un deseado amuleto hype. Se podía abrazar con amor y/o odio. Se podía maltratar con fingido desprecio, pero con un fondo de respeto. El proyecto Lula de Pelúcia (Lula de Peluche), del artista Raul Mourão, visibilizaba el principal milagro del presidente de Brasil: reconciliar emocionalmente a uno de los países más desiguales del mundo.
Antes de Lula, la única unanimidad de los brasileiros, según la irónica sabiduría de las conversaciones de los botecos (bares), era el cantante Chico Buarque. Unos años después del aterrizaje del Partido de los Trabajadores (PT) en el gobierno, la unanimidad era Lula: el presidente de andar por casa que agradó / compensó a ricos y pobres al mismo tiempo. A pesar de escándalos de corrupción como el mensalão, apenas el 11% de los brasileros pensaban en 2008 que la gestión del presidente era mala. Lula era un icono, un mito casi intocable. “Fue un producto de marketing perfecto, masivo”, afirmaba en la época Raul Mourão.