
A ''No Trespassing'' sign marks the U.S./Mexico border wall. PAimages/Graham Charles Hunt Zuma. All rights reserved.
La inauguración del nuevo presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ciertamente vino acompañada de algunos acentos de intolerancia. Su éxito electoral se basó, en gran medida, en la promesa de poner a Estados Unidos “primero” (America first) y proteger los intereses de "nuestro pueblo". Al hacerlo, ha ebumerado una serie de sospechosos habituales: el establishment político, la CIA, el islam radical, la prensa, los derechos de las mujeres, China y, por supuesto, México. Hibiendo sido éstos puntos centrales en su campaña, su popularidad como presidente a corto plazo se medirá por su capacidad para obtener resultados visibles en estas áreas. Y cualquier persona que no estuviese convencida de la capacidad del candidato, ahora presidente, de poner sus palabras en acción, debe fijarse simplemente en la agenda establecida por su primera ronda de órdenes ejecutivas.
Para con México, Trump continuará la línea política establecida por sus dos predecesores consistente en aumentar la seguridad en la frontera entre Estados Unidos y México, e intensificar las deportaciones. Durante las primarias republicanas, la afirmación rotunda de que "Vamos a construir ese muro", puso el carácter polémico de Trump en el centro de atención internacional. Sin embargo, se trata de acentuar una política de gran valor simbólico, ahora en versión más radical y controvertida dados los prejuicios inaceptables y los insultos contra los mexicanos con los que ha sido expuesta, aunque en el fondo no ofrezca ninguna aportación significativa a los desafíos permanentes de la migración.