Al caer la noche, sobre la ruta colombiana que une Cúcuta con Bucaramanga, al refugio de La Don Juana llega un flujo constante de caminantes procedente de la frontera con Venezuela. Parecen agotados. Por lo general, han pasado todo el día caminando por una peligrosa carretera sin apenas arcén, con los niños bien agarrados de la mano y con muy pocas pertenencias a cuestas.
Es octubre de 2021 y la crisis migratoria venezolana, aunque no tiene la intensidad de otros períodos, continúa desangrando al país vecino sin que nadie sea capaz de frenarla. Ya van para 6 los millones de migrantes y refugiados que han salido del país en los últimos años.
Esta oleada está empujando a la diáspora a una generación de venezolanos que ya no huye solamente de un régimen totalitario, de la violencia política, o de la falta absoluta de seguridad en todos los ámbitos de la vida pública o privada. No. Esta generación huye directamente del hambre.