El partido de Evo Morales controla hoy el Ejecutivo y el Congreso de Bolivia. En abril, el actual mandatario, Luis Arce, lideraba la lista de los presidentes más populares de América del Sur. El escenario era perfecto para la reelección del Movimiento al Socialismo (MAS), que domina la política boliviana desde principios de siglo. Sin embargo, conflictos de poder dentro del partido, al fortalecer la oposición conservadora, amenazan no sólo su hegemonía sino también su legado.
Al anunciar la semana pasada que pretende presentarse en las próximas elecciones presidenciales de 2025, Morales oficializó la fractura del masismo. Aunque el MAS no decidirá quién será su candidato en las urnas hasta por lo menos finales de este año, la tensión interna marca la fractura del movimiento que elevó la calidad de vida de los bolivianos en todo el país.
Independientemente del resultado de las primarias, la izquierda más estable de América del Sur se encuentra amenazada. Pero a pesar de ser evitables, los acontecimientos no son inesperados. La fractura del MAS es el último ejemplo de la incapacidad de los movimientos de la llamada Marea Rosa de construir estructuras que permitan sostenerse más allá de sus principales líderes.