BELÉM, Brasil - Cuando tenía 18 años y tomaba el autobús para ir a la universidad desde mi barrio en Realengo, Río de Janeiro, noté la marcada ausencia de árboles y espacios verdes. Los espacios públicos comunes, parques donde los niños pudieran jugar o las familias pudieran reunirse, no existían. Era una señal de que algunas vidas, algunas comunidades, están sistemáticamente excluidas de las decisiones sobre el mundo en el que viven.
Yo, como muchos jóvenes de mi comunidad, me negué a aceptarlo. Luchamos para transformar una fábrica de municiones del ejército abandonada en el Parque Realengo Susana Naspolini, un lugar donde se cruzan la cultura, la comunidad y la naturaleza. Eso me llevó al activismo climático y, finalmente, a que me nombraran campeona de la Juventud de la Presidencia de la COP30, la conferencia de las Naciones Unidas sobre cambio climático que se celebra desde el 10 de noviembre en Belém.
Mi trayectoria me ha demostrado que el cambio real se produce cuando las personas tienen el poder de actuar, cuando sus voces dan forma a las políticas que afectan sus vidas.