Más allá de un pequeño club de las élites de los derechos humanos, identificar a las organizaciones que deberían y podrían alistarse como parte de un movimiento global (compartiendo identidades organizacionales, expresando mensajes consistentes y haciendo campaña a través de los mismos canales) es difícil. ¿Por qué? Porque la internacionalización a menudo puede causar más daño que beneficio, como ilustra claramente el ejemplo de la esfera de derechos humanos en la India.
El argumento a favor de hacer que los derechos humanos sean más representativos es indiscutible, y hasta el momento el debate ha generado tres modelos para lograrlo: la descentralización (un movimiento hacia el Este y hacia el Sur), las franquicias (la creación de centros locales desde la base) y las alianzas (vínculos entre agrupaciones a nivel nacional e internacional). Cada enfoque ofrece varios beneficios, y ofrecen las experiencias, los recursos y el alcance que han acumulado las organizaciones internacionales no gubernamentales (OING) a las olas de actividad a nivel nacional.
Pero el llamamiento de las ONG en favor de un movimiento global de ONG asume que unir del brazo a las agrupaciones internacionales y locales no planteará problemas. Hacerlo oculta la enorme diversidad de la comunidad de derechos humanos cuando, de hecho, esta heterogeneidad es fundamental. Las diferencias reflejan elecciones consideradas cuidadosamente sobre la identidad, la estrategia y el alcance de parte de las agrupaciones de derechos humanos, y estas distinciones dejan claro que la internacionalización no es para todos.