Los símbolos son esenciales para entender la crisis actual en Bolivia. Desde el 10 de noviembre de 2019, se ha arriado la bandera Wiphala de los edificios públicos. La policía la ha arrancado de sus uniformes, donde la han lucido durante los últimos 10 años. La auto-proclamada presidenta interina Jeanine Áñez sostuvo una biblia en su juramentación. Líderes de la Iglesia, presuntamente, dijeron que “la Pachamama no volverá nunca más al Palacio del Gobierno. Bolivia le pertenece a Cristo.”
Los acontecimientos, y el análisis institucional, hacen evidente que Evo Morales fue expulsado del poder a través de un golpe de Estado. La Organización de Estados Americanos (OEA) recomendó nuevas elecciones alegando irregularidades en las elecciones del 20 de octubre. Hasta ahora, el análisis estadístico muestra que es posible que estas irregularidades no hayan sucedido en absoluto. No obstante, siguiendo las recomendaciones de la OEA, Morales anunció nuevas elecciones. Pero a pesar de esto, el general jefe de las fuerzas armadas le “sugirió” que dimitiera.
Para explicar las controversias generadas sobre las imágenes que vimos en Bolivia, es fundamental considerar las clases, razas y relaciones de género. Cuando el gobierno de Morales asumió el poder en 2005, lo hizo representando un fuerte deseo de cambio. Los niveles de pobreza habían alcanzado 80% en las zonas rurales; existían fuertes conflictos sociales sobre la privatización de bienes públicos (agua) y la extracción de recursos naturales (gas). Ese descontento llevó a diversos grupos indígenas y movimientos sociales a apoyar la candidatura de Morales, señalando que ni las instituciones, ni las políticas del Estado les representaban.