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Del fascismo al populismo. Aclaraciones indispensables

El fascismo no ha muerto, siempre ha estado allí. Pero no es el populismo. No puede utilizarse el término para descalificar sin reparar en las diferencias. Entrevista

Federico Finchelstein José Zepeda
12 December 2018
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La derrota militar del fascismo en la Segunda Guerra Mundial, el suicido de Hitler en Berlín, la exhibición del cuerpo vejado de Mussolini en una plaza pública en Milán, sellaron la supuesta desaparición del fascismo.

A tal punto, que el término pasó a ser símbolo de lo más repudiable en política. Ahora sabemos que el fascismo no ha muerto, que siempre ha estado allí, aunque no quisiéramos verlo.

En la resistible ascensión de Arturo Ui, Bertolt Brecht lo expresa de forma brutal: “¡Hombres, no celebréis todavía la derrota de lo que nos dominaba hace poco! Aunque el mundo se alzó y detuvo al bastardo, la perra que lo parió está otra vez en celo.”

Se ha demorado poco el regreso del fascismo en su versión siglo XXI. Como en los mejores tiempos, amenaza a la democracia, establece nuevos objetivos racistas y le falta poco para implantar la violencia como esencia del poder.

Pero no hay que equivocarse en los términos, el fascismo no es el populismo. Utilizar la descalificación sin reparar en las diferencias es no saber, eludir responsabilidades o buscar réditos políticos.

Federico Finchelstein, en su reciente libro Del fascismo al populismo en la historia, se ha propuesto ayudar a entender las afinidades y diferencias entre ambas ideologías. El fascismo es siempre dictadura, violencia, siempre crea un enemigo al que hay que eliminar. El fascismo es militarización, es racismo.

El populismo, en cambio, renuncia a la violencia y ciñe en principio su práctica política a la disputa electoral. Busca la legitimación a través del voto aunque, logrado su propósito, suele optar por una gestión autoritaria fundamentada en la trinidad líder-pueblo-nación.

Y el eventual deterioro de sus apoyos sociales puede llevar al populismo a renegar de la democracia y adoptar formas autocráticas para conservar el poder. 

La actual eclosión del populismo y el neofascismo a nivel mundial hace más oportuno que nunca el libro de Finchelstein. 

José Zepeda: La ideología fascista se asienta en tres pilares básicos: la violencia como recurso esencial de la acción política, la dictadura como alternativa a la democracia liberal, y el líder como encarnación de los anhelos del pueblo.

Lo que distingue al fascismo de otros movimientos es la concepción de que la violencia es el fundamento mismo del poder.

Federico Finchelstein: Efectivamente, aunque cabe añadir otras variables que tienen que ver no solo con el uso extremo de la violencia, sino con la idea de que la violencia es un fin en sí mismo. Lo que distingue al fascismo de otros movimientos es la concepción de que la violencia es el fundamento mismo del poder.

Para Max Weber, quien manda en un Estado detenta el poder porque tiene el control de la violencia, aunque por lo general no la use. Para él, un Estado fuerte es aquel que tiene el monopolio de la fuerza, pero que no recurre a ella. Si la usa es porque no es tan fuerte.

El fascismo no está de acuerdo con esta idea porque, para él, disponer del poder implica la necesidad de usar la fuerza. El recurso a la violencia crea poder y no únicamente la amenaza de recurrir a ella.

En esto el fascismo se distingue fundamentalmente de otros ismos. Opta por la violencia no porque la necesite, sino porque considera que su uso constante lo hace más poderoso y fuerte.

JZ: Es ineludible hacer referencia al holocausto al hablar de fascismo. ¿Cómo entender la Shoah desde el punto de vista ideológico?

FF: Entre las características del fascismo que menciono en el libro figura el racismo. En algún momento se creyó, incorrectamente, que solo algunos movimientos fascistas habían sido racistas.

Pero no es el caso. No hay fascismo que no haya sido racista. Esta particularidad, en el caso del fascismo alemán, fue mucho más extrema e incluso más central que en otros. En el mundo fascista había una constelación de enemigos, pero para el nazismo los judíos eran el enemigo principal.

Esto llevó a la violencia más radical: la eliminación del enemigo. Hay que recordar que, para el fascismo, no hay lugar para el adversario en el sistema político.

¿Cómo se ha presentado el fascismo a través de la historia? Siempre en forma de dictadura. Siempre incluyendo el racismo. Siempre entronizando a  un líder mesiánico.

Siempre empleando la violencia como medio y como ideal, como fundamento del poder. A lo que hay que añadir la militarización de la política: la consideración de la guerra como continuación de la política.

El adversario es el enemigo del líder y del pueblo. Un enemigo al que no solo se demoniza, sino que se elimina - primero del sistema político y, en muchos casos, también físicamente.

Es en este contexto que debe entenderse la Shoah, como acto extremo de eliminación del enemigo principal de la ideología fascista. Los nazis veían en el judaísmo la representación de todos los males. Los judíos eran para ellos los responsables del liberalismo y del capitalismo, así como del comunismo.

La Shoah es un caso extremo, pero no único, de violencia fascista.

JZ: Vamos a su reflexión acerca del nacimiento del populismo moderno, como consecuencia del fracaso del fascismo. Concretamente: tras la derrota del fascismo en 1945, Juan Domingo Perón, en Argentina, llega a la conclusión de que la alternativa al fascismo y el comunismo es un gobierno autoritario legitimado por elecciones libres y soberanas. Es decir, no a la dictadura y no a la violencia sistémica. En otras palabras: el populismo viene del fascismo, pero no es el fascismo.

FF: Está claro que cuando hablamos de elecciones y de democracia no hablamos de fascismo.

El fascismo no solo fracasó por falta de consenso - lo que es discutible -, sino porque fue derrotado militarmente. Este fracaso posibilita, sobre todo en Europa, la creación entre los victoriosos de un mundo bipolar: el mundo liberal y el del socialismo real.

En Latinoamérica había una situación distinta a la de Europa occidental, con sus constituciones democráticas, y a la de Europa oriental, con sus regímenes comunistas, y distinta también a la de las nuevas realidades surgidas de la descolonización en Asia y África, donde en muchos casos se dieron gobiernos autocráticos de partido único.

En América Latina, en un contexto de Estados de derecho multipartidistas, emerge una nueva forma de régimen democrático que intenta constituirse en tercera vía, ni liberal ni socialista. Así nacen los primeros populismos modernos en el poder.

El populismo le dice no a la dictadura y no a la violencia sistémica. Y, sin embargo, es una forma de hacer política que propone una democracia autoritaria, reformulando el bagaje dictatorial de los fascismos. 

El populismo le dice no a la dictadura y no a la violencia sistémica. Y, sin embargo, es una forma de hacer política que propone una democracia autoritaria, reformulando el bagaje dictatorial de los fascismos. Para decirlo de forma escueta: el populismo es el fascismo a través de medios democráticos - con lo cual no es fascismo, porque adopta la democracia y deja de lado la dictadura.

Recordemos los casos más famosos del fascismo, los de Italia y Alemania. Hitler y Mussolini llegan al poder por medios democráticos y destruyen la democracia desde adentro para crear dictaduras. En el caso de los primeros populismos, los actores son personajes que vienen del ámbito de la dictadura.

Tal es el ejemplo del primero, no el único ni el más original, simplemente el primero: Juan Domingo Perón. Perón era el hombre fuerte de una dictadura, a la que destruye desde adentro y convoca elecciones para crear una “nueva democracia”.

Es decir, toma el camino inverso al que recorrieron Mussolini y Hitler. Perón gana las elecciones y esa “nueva democracia” se crea de la mano de un hombre que había sido fascista.

Se trata, pues, de una reconversión del fascismo tras su derrota en 1945.

JZ: Y si esto es así, lo que llamamos ahora populismo, en su práctica política, ¿va a socavar las instituciones democráticas para adaptarlas a sus propósitos?

FF: La historia del populismo es muy larga y da lugar a muchas experiencias cuyas diferencias son a veces esenciales. Por eso, para mí, es difícil comparar a los populistas de izquierda con los de extrema derecha - como Trump.

La relación de estos últimos con el fascismo es clarísimamente de cercanía, mientras que en los populismos de izquierda la relación es tenue e incluso inexistente.

El populismo es una forma autoritaria de pensar la democracia que, en sus primeras experiencias, proviene de la dictadura o del fascismo. Pensemos en Getulio Vargas.

Fue dictador de Brasil y destruyó la democracia, para luego regresar a la política presentándose a unas elecciones. Una vez electo - en el nuevo contexto posterior a 1945 - no crea de nuevo una dictadura, sino que opta por una democracia populista.

Lo mismo podemos ver en países como Bolivia o Venezuela, donde líderes que habían sido cercanos a la dictadura y al fascismo proponen en aquellos mismos años alternativas distintas.

Luego el populismo adopta muchas formas, va creando nuevas posibilidades, muchas veces alejadas de las primeras experiencias.

JZ: Lo cierto es que hoy fascismo y populismo son palabras que se esgrimen como piedras arrojadizas para descalificar a organizaciones y personas. ¿Debemos deducir que es por ignorancia o mala fe?

FF: Depende de quién las pronuncie. Por ejemplo, vemos que líderes como Tony Blair, Enrique Peña Nieto o Hilary Clinton ofrecen la explicación de que el populismo representa, de alguna forma, un problema que no existiría si no existieran los populistas.

Presentado así, el populismo aparece como el culpable de todas las dificultades de la democracia. En realidad, el populismo es una respuesta a una crisis de representación y no únicamente su causa.

Estos políticos no quieren ahondar en las verdaderas razones que dan origen a esta crisis, porque muchas veces son responsables de una gestión de gobierno por parte de la élite y la tecnocracia a las que pertenecen.

El populismo se presenta – paradójicamente, porque sus efectos no son éstos - como una forma más directa la democracia. Una relación más estrecha entre el pueblo y el poder.

JZ: Y se presenta así porque acusa a la democracia de ser “injusta”.

FF: El populismo es siempre el resultado de una percepción - o de una realidad - de falta de democracia o de déficit de representación.

La respuesta que da el populismo a estos problemas es muy peculiar, por no decir mágica. Tenemos a un señor o señora que es el líder que personifica y representa al pueblo. Una vez electo, se resuelve automáticamente el problema de la democracia directa, porque si el líder está en el poder, el pueblo está en el poder.

Por supuesto, esto es una ficción. Pero va más lejos todavía: el líder sabe lo que el pueblo quiere, incluso cuando el pueblo no sabe lo que quiere. Como dijo Trump en la convención republicana, él es el hombre que habla en nombre de una mayoría silenciosa.

JZ: O Chávez cuando dice: yo ya no soy Chávez, soy el pueblo.

FF: Exacto. De lo que se trata es de delegar el poder en el líder y no de que el líder nos represente.

Pregunto: ¿Por qué un señor que se ha dedicado toda su vida a temas militares, como Perón, se presenta como el primer trabajador? ¿Cómo puede alguien como Donald Trump, que a los tres o cuatro años ya era millonario y ha tenido una experiencia vital bastante distinta de la del resto de los ciudadanos, saber de las grandes mayorías y qué es lo que quiere el pueblo?

Una de las paradojas es que estos líderes llegan al poder porque obtienen una mayoría en unas elecciones. Una vez en el poder, hacen dos jugadas.

La primera es que, a partir del momento en que gana las elecciones con – supongamos - el 55% de los sufragios, el líder interpreta que el pueblo le ha delegado el poder por el período que establece la ley y, entonces, él va a hacer lo que quiera. Pero cuando habla de “pueblo”, está hablando en verdad de esa mayoría electoral.

Y el resto ¿no son el pueblo? Chávez, Perón, Trump y tantos otros hablan del antipueblo, de los enemigos del pueblo, cuando los denostados también son parte del pueblo y expresan voluntades electorales.

Esta es la primera jugada: el pueblo ya no somos todos, sino esa mayoría circunstancial que votó por el líder.

Una vez que el pueblo ha quedado reducido, viene la segunda jugada que viene a aumentar el autoritarismo del líder: a esa mayoría que le ha votado, tampoco se le consulta. La jugada consiste en establecer que el líder es la personificación del pueblo y que, por lo tanto, sabe lo que el pueblo quiere, ya que él es el pueblo.

Por arte de la prestidigitación, se convierte una metáfora en realidad para ejercer políticas autoritarias.

JZ: Algo más sobre el líder y, concretamente, sobre Trump: parecería como si el populismo de Trump gozara de popularidad no pese a su discurso odioso y disparatado, sino precisamente gracias a él. ¿Sabemos por qué la gente se enamora de estos personajes que, a todas luces, en otras circunstancias serían objeto de burla y desprecio?

FF: En el caso de Trump, es preciso referirse a una particularidad del personaje: a diferencia de todos los populismos anteriores y actuales, e incluso a diferencia de alguien tan cercano a disolver la reconversión populista y acercarse de nuevo al fascismo como Jair Bolsonaro en Brasil, que han sido votados por mayorías, ya van dos elecciones en las que Trump ha perdido a nivel nacional.

Él es el presidente de una minoría electoral. Una minoría casi étnicamente homogénea que, por disposiciones de las reglas de los colegios electorales, pudo dar como vencedor a Trump a pesar de que la mayoría no votó por él.

Recordemos que la diferencia de votos fue nada menos que de dos millones ochocientos mil. Por otra parte, en los recientes comicios de mitad de mandato, Trump ha perdido por una diferencia aún mayor a nivel nacional.

Cuando hablamos de la reducción del pueblo, primero a los que apoyan al líder y, segundo, al líder mismo, en el caso de Trump la reducción es todavía peor porque es una minoría y no una mayoría la que se constituye en pueblo. Yo creo que se trata de un populismo de tipo apartheid, que se basa en una minoría casi homogénea, que apoya el racismo del presidente, y que gobierna a una mayoría mucho más diversa en términos étnicos, religiosos, culturales.

Quiere esto decir que la democracia estadounidense tiene un problema muy serio: para decirlo en términos llanos, no funciona. Imagínese: ¡ya van dos elecciones en las que ganan los que pierden, y los que pierden representan la mayoría de la voluntad popular. Se trata de un problema sistémico.

JZ: Cambiando de escenario: Venezuela.

FF: Cuando Chávez perdió unas elecciones, no le gustó, dijo que el pueblo se había equivocado. ¿Qué hizo? Tratar de ganar elecciones y lo logró, una vez tras otra. Chávez era un populista clásico.

Ahora Maduro, con reglas diferentes a las de Estados Unidos, es un político que no logra ganar elecciones y que entonces cambia las reglas del juego para que las elecciones no signifiquen nada. Lo que vemos hoy en Venezuela es un sistema de gobierno mucho más parecido a una dictadura que a una democracia.

Cuando un populista decide ignorar la dimensión democrática, deja de ser populista. Maduro ha renunciado al populismo. Es decir, se puede dejar de ser populista y, en algunas circunstancias, convertir el populismo en dictadura. Es lo que estamos viendo ahora también en Turquía.

JZ: ¿Y si el dilema entre democracia y populismo fuese parte de uno más grande, entre democracia y capitalismo? Así parecen sentirlo al menos las víctimas del reiterado triunfo de la economía sobre la política que se traduce en una diferencia creciente entre ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres. No solo en América Latina, también en Europa.

FF: Los políticos que se alejan de las mayorías que los votan, de las preocupaciones y experiencias de la gente, y que pretenden o prefieren gobernar a través del saber de los tecnócratas, o incluso del saber del mercado, provocan que se instale la idea, muchas veces real, de que los que nos gobiernan no lo hacen como nuestros representantes, sino obedeciendo a otros intereses.

Pensemos en el Congreso de Estados Unidos, en el que gran parte de sus miembros son millonarios. La fortuna de los congresistas, de promedio, es de poco menos de un millón de dólares por cabeza, y la de los senadores de más de 3 millones.

¿Qué representa esto en relación a la población del país? Pues resulta que, en conjunto, senadores y congresistas tienen, de promedio, 12 veces más plata que la típica familia americana. Además, a diferencia de lo que le ocurrió a la mayoría de la gente, el ingreso de diputados y senadores no se vio afectado por la gran recesión de 2008-2009.

Hay otra cuestión que tiene que ver con la imposición de la premisa neoliberal del saber del mercado por encima y más allá de las expectativas y la voluntad popular.

Si un presidente dice que tiene que gobernar no solo en términos de lo que quiere el pueblo, sino también de lo que quiere el mercado, es lícito preguntarse quién votó al mercado.

Si un presidente dice que tiene que gobernar no solo en términos de lo que quiere el pueblo, sino también de lo que quiere el mercado, es lícito preguntarse quién votó al mercado.

¿El sujeto mercado tiene un lugar en una democracia? Si no lo votó nadie y es un sujeto ficticio, basado en premisas que tienen que ver con la primacía de intereses particulares, lo que tenemos es un problema de representación.

JZ: ¿Entonces sí hay una contradicción entre democracia y capitalismo?

FF: Por supuesto. La creencia que el mercado es un actor político al que se debe considerar es una idea que limita y bastardiza la democracia. Y no estamos hablando aquí de populistas, sino de tecnócratas y neoliberales.

Tanto el capitalismo de mercado como el populismo limitan la calidad de la representación democrática.

JZ: ¿Qué medidas propondría usted para poner coto al avance del populismo como tendencia a nivel mundial?

FF: En un artículo que escribí recientemente para el New York Times, sostengo que Trump representa un “populismo apartheid”, en el cual la voluntad de una mayoría diversa es despreciada y minimizada por parte de una minoría étnicamente homogénea que respalda el racismo del actual inquilino de la Casa Blanca.

La prensa independiente debería continuar señalando la demonización que hace Trump de los medios y recordar también, constantemente, la naturaleza antidemocrática del poder de Trump

Sostengo que Trump no quiere hablar, por supuesto, de su creciente falta de legitimidad democrática, ni esta lo va a disuadir de buscar la reelección. La voluntad de la mayoría, que no es ni millonaria ni racista,  no tiene nada que ver con los deseos del caudillo de la Quinta Avenida.

La prensa independiente debería continuar señalando la demonización que hace Trump de los medios y recordar también, constantemente, la naturaleza antidemocrática del poder de Trump.

Trump ha fusionado el modelo de macho-populismo - al cual dedico una sección de mi libro - con el racismo y el neoliberalismo. Hay precedentes importantes de este macho-populismo en la historia, los casos de Silvio Berlusconi, Carlos Menem y Abdala Bucaram, aunque para estos el racismo no estaba en el centro de la política.

¿Cómo poner límites a estos ataques a la idea de igualdad para todos que está en el centro de la democracia? Una de las causas principales del surgimiento de las propuestas populistas es justamente la delegación del poder en los tecnócratas y la idea del mercado como sujeto político.

En este sentido, necesitamos representantes que tengan vidas, experiencias, pensamientos y situaciones económicas más parecidas a las de la mayor parte de los ciudadanos. Y no solo de los que viven en el mundo de los millonarios y las élites.

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