La idea de una nación corrupta a menudo evoca imágenes de un país pobre o en vías de desarrollo. Pero la corrupción puede ser igualmente común en los países desarrollados, y de hecho lo es. La corrupción está muy extendida y profundamente arraigada en el sistema económico y político en todo el mundo. Pero los mecanismos de lucha contra la corrupción, mas allá de que sea imprescindible contar con un sistema judicial sólido e independiente, dependen en gran medida de la fortaleza o debilidad de las instituciones, así como de la existencia o no de voluntad política.
Uno pensaría inmediatamente en Brasil, con su inmenso esquema Lava Jato y el escándalo de Odebrecht, con tentáculos en la mayoría de los países de América Latina, que llegan incluso a Angola, en África. Sin embargo, un país que demuestra claramente hasta qué punto la corrupción también afecta al mundo desarrollado es Portugal.
La tolerancia hacia la corrupción en el corazón del sistema portugués, así como su actitud prejuiciosa y racista hacia las personas de color, se combinaron para hacer de la antigua potencia colonial un centro de delitos financieros, delitos que privan de su riqueza a las personas más pobres del mundo.