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Abrir nuevos horizontes

Tras la Covid-19, lo que está en juego, es la oportunidad de remodelar la economía y la sociedad, lo que tendrá un impacto considerable en la vida cotidiana de millones de personas y en la crisis ecologista. English

Geoffrey Pleyers
9 June 2020
Los activistas de la Extinction Rebellion organizan una protesta socialmente distanciada en las afueras del Woolwich Centre, en el sur de Londres, donde piden que la crisis cambie nuestra forma de vida.
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Dominic Lipinski/PA Wire/PA Images
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Abrir nuevos horizontes de lo posible siempre ha sido un papel importante para los movimientos sociales. Cuando los actores dominantes imponen la idea de que "no hay alternativa" al orden mundial, los movimientos sociales los desafían afirmando que "otro mundo es posible", como decía el eslogan del Foro Social Mundial. Ellos introducen debates y reflexiones en un orden que se da por sentado, lo que contribuye a la capacidad de una sociedad de transformarse, "de producirse a sí misma" más conscientemente, como diría el sociólogo Alain Touraine.

Este papel es aún más importante en tiempos de crisis. Las crisis rompen las rutinas y el "business as usual". Ofrecen oportunidades para reflexionar individual y colectivamente sobre nuestros valores y objetivos. La pandemia Covid-19 ha sacudido profundamente nuestra vida cotidiana y muchas de las "certezas" de nuestro sistema económico, político y social. Cosas que eran impensables hace tres meses se han convertido en la realidad cotidiana, tanto en la vida personal como en la sociedad. La pandemia ha sacudido los dogmas económicos que han regido el mundo durante décadas. Obligados a implementar un confinamiento para limitar la propagación del virus, los gobiernos enmarcan el "retorno a la normalidad" como el propósito de una "unidad nacional" que reúna a los políticos, las empresas, los trabajadores y toda la población en una lucha común contra la Covid-19. Los activistas insisten, por su lado, en que lo que se presenta como "la normalidad", es en realidad parte del problema y no es el único camino. "Nada podría ser peor que una vuelta a la normalidad" afirma la activista india Arundhati Roy.

Las principales preocupaciones y exigencias que han movilizado a los activistas y ciudadanos progresistas en los últimos años han adquirido aún mayor importancia, visibilidad y urgencia durante la crisis: menos corrupción y menos poder de la élite, más democracia, justicia social y dignidad. Muchos intelectuales y activistas comparten una convicción: la pandemia ha puesto de manifiesto los límites del sistema capitalista corporativo y el daño que ha causado en el último decenio, particularmente por las políticas de austeridad. Afirman la necesidad de un modelo que dé mayor importancia a los seres humanos, menos desigual y con mejores sistemas de salud pública.

Sin embargo, no existe un camino fácil que conduzca de la pandemia a un mundo mejor, más ecologista y menos desigual. Una vez que se abran oportunidades de cambio, es sólo el inicio de una lucha para dar sentido a la crisis.

Lecciones de la crisis financiera mundial

En el calor de la pandemia, los movimientos progresistas han tenido cierto éxito en la difusión de algunos argumentos mucho más allá de los círculos de activistas, al menos en las democracias de Europa Occidental. Tras años de austeridad en los servicios públicos, los gobiernos parecen gastar generosamente para mitigar los efectos de la pandemia y limitar la crisis económica y social.

El Estado interviene masivamente en la economía, y varios gobiernos abogan por una relocalización de la producción de "bienes esenciales". Los campeones de los recortes presupuestarios en los hospitales públicos participan ahora en las sesiones cotidianas de aplauso para apoyar a las enfermeras y médicos. Desde Ángela Merkel, Emmanuel Macron hasta Boris Johnson declararon que consideraban que el estado de bienestar y los hospitales públicos eran características cruciales de la identidad nacional de su país.

Hasta principios de Marzo, el gobierno francés aplicó planes de austeridad a los hospitales públicos y se negó a atender las reivindicaciones de las enfermeras y los médicos que llevaron a cabo la huelga más larga del sector en Francia. No obstante, dos semanas después, Emmanuel Macron consideró los trabajadores de los hospitales públicos como héroes. El Estado aumentó el presupuesto de los hospitales durante la crisis, y el Presidente juró que habría cambios importantes en las políticas públicas, explicando que “el día después de la pandemia no será como el día antes”. Ferviente defensor del libre comercio antes de la pandemia, el Presidente francés habla ahora de "soberanía económica", concede préstamos masivos a las "empresas nacionales". La pandemia ha logrado aquello que no pudo alcanzar una de las huelgas generales más largas de la historia de Francia entre noviembre 2019 y marzo 2020: parar la reforma de las pensiones promovido por el programa neoliberal del Presidente Macron.

Este cambio de postura y de discursos resuena con declaraciones de otro presidente neoliberal francés hace 12 años, durante la crisis financiera mundial. El 23 de octubre de 2008, Nicolas Sarkozy declaró "La ideología de la dictadura del mercado y la impotencia pública ha muerto con la crisis financiera". Los alter-mundialistas no podrían haberlo dicho mejor. Durante el Foro Social Europeo de 2008 celebraron el hecho que "la crisis [financiera] nos ha dado la razón. Ahora los gobiernos deberán tener en cuenta nuestras propuestas y detener sus políticas neoliberales".

Independientemente de su magnitud, una crisis en sí misma no generará el cambio social.

Sabemos lo que pasó a continuación. En los años que siguieron la crisis financiera, la narrativa dominante puso el peso de la crisis económica en los estados de bienestar europeos, abriendo paso a políticas de austeridad, que profundizaron la crisis social y las desigualdades, y facilitando el éxito de la derecha populista y xenófoba.

A partir de la experiencia de la crisis financiera mundial, surgen tres lecciones en lo que va del cambio social.

La primera es que, independientemente de su magnitud, una crisis en sí misma no generará el cambio social. Este depende de la capacidad de los actores sociales para poner de relieve las cuestiones que genera la situación histórica promoviendo visiones políticas y una racionalidad económica alternativa.

Los actores sociales desempeñan un papel importante en la sensibilización de la opinión pública, en la formulación de propuestas inéditas y en la implementación de alternativas concretas. No existe una forma predeterminada de salir de la pandemia. Por lo mismo, la actuación de los agentes sociales durante la crisis y sus secuelas tendrá repercusiones en la sociedad, la economía y la política.

Una segunda lección es que los buenos argumentos y los hechos no son suficientes para configurar la racionalidad económica y las políticas del mundo que saldrá de la crisis. El sociólogo de las ciencias Raymond Boudon ha demostrado que la "verdad" en las teorías económicas tiene más que ver con su capacidad de forjar un consenso provisional que con su validez científica siempre muy discutible.

Asimismo, la pandemia de coronavirus es al mismo tiempo una serie de hechos que nadie puede negar y una realidad social que es reinterpretada de manera muy diferente por distintos actores sociales. Cada corriente va interpretando la crisis a la luz de su narrativa anterior, de manera que refuerza sus convicciones previas y su visión del mundo. Los hechos y las ciencias ya no son referencias compartidas, sino que están sujetos a reinterpretaciones por parte de ideologías y líderes populistas que desconfían de la ciencia.

La fe de Habermas en un espacio público deliberativo y en una democracia argumentativa se desvanece en el mundo de las redes sociales, de los espacios públicos fragmentados, de las fake news y de los líderes populistas.

Como consecuencia, y esta es la tercera lección, la batalla sobre el significado de la crisis es crucial. Los actores que contribuirán a dar forma a la narrativa dominante de la crisis allanarán el camino del mundo que saldrá de la pandemia. Es sobre la base de esta narrativa que se impulsaran las nuevas políticas en materia de salud pública, pero también en materias económicas, sociales y democráticas. Como dijo el destacado académico y activista latinoamericano Arturo Escobar, "es crucial en esta etapa contar con narraciones sobre otras formas de vida y tenerlas listas".

Cada sector de los movimientos populares o progresistas promueve una perspectiva que inserta la pandemia en la narrativa en torno a sus temas y demandas. Algunos muestran la experiencia de la pandemia desde la perspectiva de las desigualdades urbanas, mientras que otros desarrollan una perspectiva interseccional.

Algunos muestran la experiencia de la pandemia desde el punto de vista de las desigualdades urbanas, otros desde una perspectiva interseccional, insistiendo en el peso de las tareas del cuidado que soportan las mujeres, y en particular las mujeres de color, tanto en las familias, como en las comunidades y en los hospitales públicos. Los intelectuales progresistas vinculan la pandemia con los estragos del capitalismo ("El capitalismo es el verdadero virus" se ha convertido en un eslogan en las redes sociales) y la crisis ecológica.

Los movimientos populares latinoamericanos enmarcan la crisis en la meta-narrativa que se construyó en la confluencia de los movimientos indígenas, feministas, ecológicos y de justicia social durante la última década: "la crisis revela las profundas crisis sociales, políticas y ecológicas a las que nos enfrentamos. Detrás de la crisis sanitaria, hay una crisis de civilización".

Movimientos y contra-movimientos

Los movimientos progresistas no están solos en esta batalla para imponer el significado de la crisis de la Covid-19. Se enfrentan a dos tipos de "contra-movimientos": las élites capitalistas globales y los movimientos reaccionarios.

Los años que siguieron a la crisis financiera, demostraron la capacidad de los defensores del capitalismo global para imponer su narrativa y el significado de la crisis. En unos pocos años, consiguieron que el significado de la crisis y el enfoque de las políticas pasara, del colapso del capitalismo financiero, a las deudas de los Estados de bienestar, abriendo así camino para un decenio de políticas de austeridad.

Una década más tarde, los actores que parecen estar más capacitados para aprovechar las oportunidades abiertas por la crisis y la ruptura de los dogmas económicos pueden estar del mismo lado. En muchos países, los paquetes de estímulo han canalizado cantidades considerables de dinero público a grandes empresas.

En los Estados Unidos, el primer plan de coronavirus les dio 500.000 millones de dólares, cinco veces más que los hospitales públicos. Mientras los activistas afirmaban que la crisis debería ser una oportunidad para impulsar un modelo económico más ecológico, las compañías petroleras recibieron su parte de dinero público y los gobiernos establecieron rescates masivos y préstamos para las aerolíneas. En una lógica capitalista mundial, los países y las empresas ven la crisis también como una oportunidad para ganar nuevos mercados y los que estén dispuestos a competir tendrán ventajas significativas.

Los movimientos reaccionarios también han sido muy activos durante el bloqueo. Las teorías de conspiración se extendieron por las redes socio-digitales, dando lugar a una "infodemia" sin precedentes.

Sus discursos integraron la crisis en una narrativa más amplia de "guerra de culturas" que culpa de la pandemia a los migrantes, a la "sociedad multicultural" y al "marxismo cultural". El racismo subió en todas las regiones del mundo, contra los trabajadores migrantes en la India o en China, contra los asiático-americanos en los Estados Unidos, contra las minorías y los pobres acusados de propagar la pandemia, y en todo el mundo, contra los refugiados.

El Secretario General de las Naciones Unidas alertó sobre un "tsunami de odio y xenofobia, chivos expiatorios y alarmismo", desatado por la pandemia. "A medida que las especulaciones giraban en torno al lugar de origen del virus, se ha vilipendiado a los migrantes y refugiados como fuente del virus y se le ha negado el acceso al tratamiento médico. Mientras, los periodistas, los que denunciaban irregularidades, los profesionales de la salud, los trabajadores humanitarios y los defensores de los derechos humanos están siendo atacados simplemente por hacer su trabajo".

La pandemia de la Covid-19 es un campo de batalla para futuros alternativos

Los movimientos sociales no son los únicos actores que buscan forjar el significado de la crisis actual. Los Estados-naciones se presentaron como los protagonistas mayores frente a la pandemia. Los gobiernos invierten masivamente la batalla sobre el significado de la crisis para defender su gestión e imponer su narrativa.

El Partido Comunista de China vigila cuidadosamente su imagen de gobierno eficiente para controlar la pandemia, y encarcela los que se atreva a desafiar esta narrativa o a criticar la gestión de la crisis por parte de Xi Jinping. En Hungría, por las "medidas de emergencia" contra el coronavirus, la libertad de expresión se ha restringido aún más. En Brasilia y en Washington, los líderes populistas defienden una visión del mundo que parece capaz de reinterpretar cualquier hecho de la pandemia, incluso después de no haber actuado para frenarla.

Sin embargo, este juego de poder para dar forma a la narración no es exclusivo de los estados autoritarios y de los líderes populistas. El gobierno francés está particularmente atento a los discursos públicos sobre su gestión de la crisis. En varias ocasiones, la policía ha intervenido para intimidar ciudadanos que colgaron banderolas criticando la gestión de la crisis por parte del presidente. El 26 de abril, una mujer pasó cuatro horas bajo custodia policial por haber colgado una pancarta "Macronavirus, ¿cuándo se detendrá?”.

Muchos gobiernos buscaron ocultar sus fallas en la gestión de la pandemia durante su fase inicial, culpando de la difusión del virus a los ciudadanos que no cumplen con las reglas de confinamiento. En términos de biopolítica y de control social, regímenes democráticos adoptaron a veces medidas que cuestionan el estado de derecho. Las políticas adoptadas durante la pandemia podrían allanar el camino hacia una nueva era más autoritaria, con una biopolítica basada en las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial y el incremento del control de los ciudadanos por la policía.

Un campo de batalla fragmentado

La batalla sobre el significado social y societal de la pandemia tiene al mundo como escenario. Sin embargo, es un debate muy fragmentado, al menos en tres niveles.

Primero, tiene lugar en un espacio mediático complejo y altamente fragmentado. Las redes socio-digitales abren espacios de expresión y la difusión de opiniones, información e interpretaciones de la crisis. Sin embargo, fragmentan el espacio público. Cada orientación política inunda a sus seguidores con noticias y análisis que fortalecen su visión del mundo. Los medios de masa, y en particular los canales de televisión y los periódicos (ahora por sus sitios internet) siguen protagonistas mayores de la “fabrica del consenso” y de la elaboración de opiniones.

En la mayoría de los países, la pandemia ha matizado los conflictos políticos, uniendo una gran parte de la población contra una amenaza común. En contraste, tanto en Brasil como en Estados Unidos, la pandemia fortaleció la polarización de la sociedad, ya que cada polo la interpretó en el marco de su propia visión del mundo.

En segundo lugar, el debate sobre el significado se lleva a cabo de manera conectada, pero no de la misma forma en diferentes regiones del mundo. Por un lado, la experiencia de la pandemia es muy diferente en las clases medias de los estados de bienestar europeos, con respecto a países y barrios populares, donde la mayoría de los trabajadores dependen de la economía informal.

Por otro lado, los movimientos populares y los intelectuales de cada región, han interpretado la crisis en función de la meta-narrativa que construyeron durante en los años anteriores. Por ejemplo, los movimientos populares latinoamericanos y sus intelectuales la enmarcaron en la "crisis de civilización", una narrativa menos difundida en el Norte Global.

Las redes internacionales de movimientos populares y activistas aspiran a superar estas divisiones promoviendo el intercambio de experiencias y análisis, abriendo espacios para un "diálogo global para el cambio sistémico".

En tercer lugar, la pandemia tiene lugar en un contexto geopolítico tenso que redefine las alianzas y las relaciones entre los gobiernos y sus ciudadanos. La democracia liberal está lejos de ser el único régimen y horizonte compartido. Estos cambios también impactan a los movimientos sociales. Los activistas participan en esta batalla por el significado en circunstancias muy diferentes, y con riesgos muy distintos en regímenes autoritarios o democráticos.

Conclusión

¿Tendrán éxito hoy en día los movimientos populares y los activistas donde fracasaron hace una década, tras la crisis financiera? La forma en que la humanidad saldrá de la pandemia de Covid-19 dependerá de las ciencias y la investigación para encontrar una vacuna. También será el resultado de una lucha sobre los significados sociales, políticos y geopolíticos de la pandemia y sobre las visiones del mundo que deberían salir de ella. No hay un camino fácil que conduzca de la pandemia a un mundo mejor, más ecológico y menos desigual.

La pandemia de la Covid-19 es un campo de batalla para futuros alternativos. Los movimientos progresistas, capitalistas y reaccionarios compiten para imponer sus narrativas y dar forma a las políticas y a la sociedad.

Mientras, los gobiernos instan a volver a la "normalidad" pre-pandémica y buscan difundir su propia narrativa de la crisis. Las interpretaciones de la crisis pueden parecer debates intelectuales lejanos a la experiencia de la gente.

Sin embargo, lo que está en juego, es la oportunidad de remodelar la economía y la sociedad, lo que sin duda tendrá un impacto considerable en la vida cotidiana de millones de personas y en la crisis ecologista.

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