“Mi vida es la defensa de este lugar”, cuenta Eduardo Morimã, indígena de la etnia apiaka que vive en la aldea Mayrob, en el municipio de Juara, norte del estado brasileño de Mato Grosso. Situado en el corazón de este país, es uno de los principales ojos del huracán de la deforestación de la selva amazónica como resultado de la ganadería intensiva y de los monocultivos de soja, maíz y algodón que dibujan un cinturón agropecuario en el sur de la Amazonia. Más allá de los impactos sobre la flora y la fauna de los ríos implicados, así como las poblaciones desplazadas, la construcción de un proyecto de centenas de centrales hidroeléctricas agravaría los índices de deforestación en la región.
“Vivo viajando, solo paro en casa unos cinco días por mes. Menos mal que mis hijos están criados”, añade Morimã, completamente dedicado a la defensa del medio ambiente. Morimã despierta cada día en un lugar diferente pero siempre con el objetivo de informar a los pueblos vecinos sobre la instalación de la hidroeléctrica de Castanheira en el río Arinos, municipio de Juara. Este río baña la parte baja de la cuenca del río Juruena, que desemboca en el río Tapajós hasta llegar al caudaloso Amazonas.
La central de Castanheira está clasificada como gran productora hidroeléctrica (UHE), es decir, que puede dispensar más de 30 megawatios. Forma parte del proyecto de 138 pequeñas, medias y grandes centrales de generación de energía que varias empresas pretenden construir en la cuenca amazónica del río de Juruena, una región con un inmenso potencial hídrico que todavía permanece relativamente libre de represas. En la cuenca existen por el momento 32 hidroeléctricas funcionando y 10 en construcción.