El mindfulness, también llamado atención plena o conciencia plena, es una práctica basada en la meditación vipassana. Consiste en prestar atención intencional y desapasionada a los pensamientos, las emociones, las sensaciones corporales y al ambiente circundante, sin juzgar si son adecuados o no. La atención se enfoca en lo que se percibe, sin preocuparse por sus causas y consecuencias.
El uso generalizado del mindfulness para combatir la ansiedad, la depresión y la falta de compasión en escuelas, lugares de trabajo, instituciones, sistemas de salud y la política equivale a poner un "canario en la mina de carbón". Señala un problema importante en las organizaciones contemporáneas. Pero, ¿y si el enfoque de los cursos de mindfulness no fuese del todo correcto? Los resultados de nuestras investigaciones en la Universidad de Aberystwyth sobre comportamiento y formulación de políticas revelan que el mindfulness es eficaz sobre todo cuando se dirige a las causas de la disfuncionalidad en los lugares de trabajo y que, cuando lo hace, los síntomas empiezan a desaparecer.
En una serie de artículos en openDemocracy, Ron Purser argumenta que lo que llama "McMindfulness" puede ser eficaz para la gestión del estrés, pero que pasa por alto los sistemas que lo provocan. Controlar las emociones y desarrollar autocompasión puede ayudar a los políticos y a los que trabajan con ellos a estar más calmados y, por consiguiente, a hacer mejor su trabajo. Pero, ¿sirve para abordar temas complejos como tener unas estructuras gubernamentales inadecuadas y recursos insuficientes, que son problemas que no solo crean estrés sino que contribuyen a tomar decisiones cortas de vista, a la polarización y a la falta de progreso en cuestiones tan complejas y difíciles como el cambio climático?