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Duro aterrizaje en Venezuela

Venezuela está al borde del precipicio. La acción concertada puede aún evitar su caída. Pero cuanto más se retrase, más venezolanos morirán por falta de medicinas, por malnutrición o por violencia. Português English

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Fidel Castro, a la izquierda, habla con el entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez en Barinas , Venezuela , cerca de la ciudad natal de Sabaneta de Chávez. Foto AP / Jose Goitia. 2000

Venezuela fue, una vez, la excepción democrática latinoamericana. En un continente dominado por dictaduras militares, el sistema bipartidista que se instaló después de la caída del general Marcos Pérez Jiménez en 1958 se presentó como pacífico, próspero y, aparentemente, pluralista. Basado en la distribución de las rentas del petróleo, empezó a agotarse en los años 80 cuando el ingreso per cápita cayó, en medio de una corrupción rampante, de puñaladas por la espalda y cortedad de miras política. A llenar ese vacío se dispuso un cabecilla militar, con un punto mesiánico, y un desdén por la democracia representativa.

Habiendo intentado (y fracasado) la conquista del poder por la fuerza en 1992, Hugo Chávez fue elegido presidente por un amplio margen en 1998 y sobrevivió (aunque por poco) un intento de golpe en su contra, a los tres años de su presidencia. Gracias a un golpe de suerte, la industria del petróleo estaba a punto de vivir el boom más sostenido de toda su historia, lo que permitió a Chávez comprarse un amplio apoyo político, tanto en casa como en el extranjero. Que su programa no era sostenible en el medio o largo plazo era evidente para cualquiera que tuviese una mínima noción de cómo funciona el ciclo de las materias primas. Pero este ciclo alcista, combinado con el poder del antiguo líder golpista, era más que suficiente para mantener a raya a una oposición desmoralizada y fragmentada, cuyos ropajes populistas el mismo Chávez había robado.