El 9 de agosto, sólo 11 días antes de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Ecuador, uno de los principales candidatos, Fernando Villavicencio, fue asesinado a tiros cuando salía de un mitin de campaña en el norte de la capital. Incluso en una región del mundo que lleva mucho tiempo luchando contra el crimen organizado y la violencia del narcotráfico, los asesinatos de políticos de alto nivel se han convertido en una rareza; para Ecuador, un país que en el pasado ha sido conocido por su relativa calma, el asesinato aparece como especialmente chocante.
Desde las elecciones colombianas de 1990, en las que el jefe del cartel de Medellín, Pablo Escobar, ejerció su poderío y cuatro candidatos presidenciales acabaron muertos, no se había desarrollado una campaña política nacional bajo semejante manto de miedo.
Los posibles motivos del asesinato, probablemente orquestado por un grupo criminal reacio al duro enfoque de seguridad de Villavicencio, no son difíciles de discernir. Antiguo periodista de investigación, Villavicencio se había ganado la enemistad de ex presidentes y altos funcionarios del Estado por denunciar la corrupción y los negocios sucios. Había contribuido a desvelar una operación secreta de vigilancia del Estado, así como un fondo electoral ilícito que beneficiaba al movimiento político del ex presidente Rafael Correa. Y presentaba una campaña popular a la presidencia, con la promesa de salvar el país y "acabar con la mafia".