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Con posterioridad a la crisis financiera del 2008, al constatar que el sistema sólo pudo ser rescatado del abismo gracias a un masivo gasto deficitario gubernamental (cosa que desafió totalmente la ortodoxia), muchos de nosotros en la Izquierda creímos que, ante un fracaso de tal envergadura, los días del neoliberalismo estaban contados.
Como escribió Paul Heideman, “el sentimiento generalizado era que la marketinización descontrolada estaba llegando a su fin. Un periodo de Keynesianismo (algo que venía definida vagamente) sería el resultado de una crisis causada por unos mercados desbocados”. Yo me contaba entre los que, de una manera perversamente naif, creían que el sistema se iba a auto-corregir, dando paso a un mundo mejor, más justo, más verde –de manera no muy diferente a lo que ocurrió en los Estados Unidos después de la Gran Depresión, y en Europa tras la Segunda Guerra Mundial.