“A la peste responde el orden; tiene por función desenredar todas las confusiones: la de la enfermedad que se transmite cuando los cuerpos se mezclan; la del mal que se multiplica cuando el miedo y la muerte borran los interdictos (…) para ver funcionar las disciplinas perfectas, los gobernantes soñaban con el estado de la peste”, Foucault (1975).
La pandemia es real en términos biológicos y sanitarios, también es ideológica y mediática. No hay espacio en la opinión pública ni conversaciones libres de virus. La hipocondría junto a los trastornos obsesivos compulsivos de limpieza y orden son también pandemias no declaradas.
Así, nos encontramos con especialistas en lavado de manos, en las nuevas normas de etiqueta al saludar y las modistas de tapabocas que pululan por las redes. Las clases medias y altas romantizan la cuarentena. El trabajo teledirigido es la última tendencia, mientras que la gente que vive al día y sale a trabajar es invisibilizada o vista como seres díscolos e inconscientes merecedores de un disciplinamiento ejemplarizante.