
Pablo Iglesias, líder del partido Podemos, se dirige al presidente español en funciones, Mariano Rajoy, durante una sesión de investidura en el Congreso de los Diputados,en Madrid, el 27 de Octubre 2016.Francisco Seco AP/Press Association Images, all rights reserved.Hoy en Europa estamos viviendo un ‘momento populista‘ que significa un punto de inflexión para nuestras democracias, cuyo futuro dependerá de la respuesta que se de a ese reto. Para afrontar esa situación es necesario descartar la visión mediática simplista del populismo como pura demagogia y adoptar una perspectiva analítica. Propongo seguir a Ernesto Laclau, que define el populismo como una forma de construir lo político consistente en establecer una frontera política que divide la sociedad en dos campos, apelando a la movilización de los ‘de abajo’ frente a los ‘de arriba’. El populismo no es una ideología y no se le puede atribuir un contenido programático especifico. Tampoco es un régimen político y es compatible con una variedad de formas estatales. Es una manera de hacer política que puede tomar formas variadas según las épocas y los lugares. Surge cuando se busca construir un nuevo sujeto de la acción colectiva –el pueblo– capaz de reconfigurar un orden social vivido como injusto.
Examinado desde esa óptica, el reciente auge en Europa de formas populistas de la política aparece como la expresión de una crisis de la política liberal-democrática que se debe a la convergencia de varios fenómenos que en los últimos años han afectado las condiciones de ejercicio de la democracia. El primero es lo que he propuesto llamar la ‘post-política’ para referirme al desdibujamiento de la frontera política entre derecha e izquierda. Fue el resultado del consenso establecido entre los partidos de centro-derecha y de centro-izquierda sobre la idea que no había alternativa a la globalización neo-liberal. Bajo el imperativo de la ‘modernización’ se aceptaron los diktats del capitalismo financiero globalizado y los límites que imponían a la intervención del Estado y a las políticas públicas. El papel de los parlamentos y de las instituciones que permiten a los ciudadanos influir sobre las decisiones políticas fue drásticamente reducido. Así fue puesto en cuestión lo que representa el corazón mismo de la idea democrática: el poder del pueblo.
Hoy en día se sigue hablando de ‘democracia’ pero sólo para referirse a la existencia de elecciones y a la defensa de los derechos humanos. Esa evolución, lejos de ser un progreso hacia una sociedad más madura como se dice a veces, socava las bases mismas de nuestro modelo occidental de democracia, habitualmente designado como ‘republicano’. Ese modelo fue el resultado de la articulación entre dos tradiciones, la tradición liberal del Estado de Derecho, de la separación de poderes y de la afirmación de la libertad individual, y la tradición democrática de la igualdad y de la soberanía popular. Estas dos lógicas políticas son en última instancia irreconciliables, ya que siempre existirá una tensión entre los principios de libertad y de igualdad. Pero esa tensión es constitutiva de nuestro modelo republicano porque garantiza el pluralismo. A lo largo de la historia europea ha sido negociada a través de una lucha ‘agonista’ entre la ‘derecha’, que privilegia la libertad, y la ‘izquierda’, que pone el énfasis en la igualdad.