Los resultados de las elecciones europeas de este domingo pasado arrojan una luz de esperanza sobre un continente que lleva años sumido en repetidas crisis y que necesita desesperadamente buenas noticias para renacer.
Fueron las elecciones al Parlamento Europeo más importantes desde que tuvieron lugar las primeras en 1979, y han servido para hacer frente a la amenaza de una ultraderecha creciente, nacionalismos populistas disruptivos, y problemas para la estabilidad de la Unión Europea como la crisis del Brexit.
El nuevo Parlamento Europeo refleja con mayor fidelidad la fragmentación política existente en los parlamentos de muchos de los países miembros, puesto que los partidos conservador y socialdemócrata, que han dominado el Parlamento desde su creación, perdieron su hegemonía y cedieron poder a fuerzas más plurales, con un ascenso notable de los liberales y los verdes, y una presencia inquietante de la extrema derecha populista y euro-escéptica, aunque en este caso con menor fuerza de la anticipada.