La falta de hogar y la vivienda inadecuada están alcanzando proporciones de crisis, incluso en las economías emergentes y desarrolladas. Sin embargo, la urgencia y la indignación que deberían despertar las condiciones aberrantes en las que viven millones de personas parecen estar ausentes. Muchos políticos, jueces y gente común están acostumbrados a ignorar, estigmatizar, excluir e incluso criminalizar a las personas por su pobreza y por no contar con una vivienda adecuada. La pregunta es: ¿cómo llegamos a esta situación?
La vivienda se ha tratado más como una aspiración de política pública que como un derecho fundamental. Al menos parte de la respuesta radica en la historia del derecho de los derechos humanos y en la decisión, tomada hace 50 años, de separar el derecho a una vivienda adecuada y el derecho a la vida, los cuales se articularon originalmente en un único documento: la Declaración Universal de Derechos Humanos. Desde que surgieron los dos Pactos de derechos humanos que separan los derechos sociales, económicos y culturales de los derechos civiles y políticos, la vivienda se ha tratado más como una aspiración de política pública que como un derecho fundamental; de esta manera, se rompió su vínculo con los valores centrales de los derechos humanos, la dignidad, la seguridad y el derecho a la vida, que habrían exigido prontas respuestas basadas en los derechos y el acceso a la justicia.
Mis interacciones con las personas privadas de vivienda me han convencido del carácter artificial de esta separación; estas personas entienden las profundas conexiones entre el derecho a la vida y el derecho a la vivienda. Articulan sus reivindicaciones de derechos humanos no solo como una demanda de vivienda con servicios básicos y seguridad de la tenencia, sino también, de manera más fundamental, como la exigencia de que se reconozca igualmente su derecho a vivir con dignidad y seguridad. Afirman que no se les trata como seres humanos y se les tacha de invasores, alimañas y delincuentes simplemente por intentar sobrevivir. Experimentan el olvido y el abandono de los gobiernos como una devaluación constante y sistemática de sus vidas.