El 25 de octubre pasado, el huracán Otis azotó con fuerza al estado de Guerrero en México, dejando a su paso más de 45 muertos, devastación masiva y más de 200,000 viviendas afectadas. Después de casi un mes, Acapulco, la ciudad más afectada, continúa sufriendo carencias graves. Antes de tocar tierra, el Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos describió su llegada como “un escenario de pesadilla” para el sur de México.
Las operaciones de búsqueda de más de 20 personas desaparecidas perduran. Los sistemas de transporte no han regresado a la normalidad y los precios del transporte han subido considerablemente. Las filas para los cajeros automáticos son enormes y las operaciones para comprar despensas se han complejizado, impactando a personas de bajos recursos de sobremanera.
Acapulco ha experimentado una respuesta solidaria de toda la nación, con envíos masivos de ayuda de víveres y otros suministros para hacer frente a las consecuencias de la tragedia. Pero la magnitud de la destrucción plantea un desafío monumental que requerirá meses, o incluso años, para su reparación.