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Si queremos, como pretende este artículo, mirar a Venezuela desde Cuba, y junto a Cuba, hay que retroceder hasta diciembre de 1994, cuando Hugo Chávez, recién liberado de la prisión a la que fue condenado por su conato golpista, llegó a La Habana y fue recibido por Fidel Castro con un ritual a la altura de una promesa heroica.
Chávez, quien no rebasaba los 40 años, hizo un discurso antimperialista encendido que anunciaba al caudillo de masas en ciernes, pero aún arrastraba la verticalidad adusta de los cuarteles.