Son las 7 de la mañana. Suena la alarma y me preparo, como solía hacer en los días en que tomaba una taza de té de menta y comía un sándwich de falafel antes de ir a la universidad con mis amigos.
Ahora, la alarma me indica que es hora de volver al mar. En medio de la hambruna mortal que azota Gaza, la supervivencia ha sustituido a los estudios. He pasado de ser un estudiante de traductorado de inglés que perseguía sus sueños a ser un pescador que intenta desesperadamente alimentar a su familia.
Desde hace casi un mes, me levanto a diario y me dirijo al mar. Me expongo a un grave peligro: el ejército israelí declaró las aguas de Gaza ‘zona prohibida’ a principios de este año, por lo que está prohibido pescar, bañarse o nadar y cualquier otra actividad en el mar.