Las encuestas pronosticaban resultados ajustados para las elecciones presidenciales de Guatemala una vez que, apenas un mes antes de la primera vuelta del 25 de junio, el candidato que encabezaba las intenciones de voto había sido descalificado. Pero las encuestadoras fallaron estrepitosamente a la hora de anticipar el verdadero escenario político del país.
Cuando el Tribunal Superior Electoral suspendió la postulación de Carlos Pineda en mayo, la candidata que iba segundo en las encuestas, Sandra Torres, naturalmente tomó su lugar en la parte superior de la lista. Bernardo Arévalo aparecía como apenas otro más entre los muchos “delfines” políticos a postularse a las elecciones. Y ni siquiera se encontraba entre los más influyentes de ese grupo de herederos políticos, que contaba con la participación de Zury Ríos, hija del sangriento exdictador Efraín Ríos Montt, que aparecía como una de las favoritas a días de las elecciones.
En mayo, solo el 15% de la población sabía quién era Arévalo, hijo del primer presidente de Guatemala elegido democráticamente en 1945, Juan José Arévalo, según una encuesta de Prensa Libre. Antes de las elecciones, las encuestas mostraban que Arévalo tenía solo 2% de la intención de voto. Seguramente por esto no fue suspendido por el gobierno como otros candidatos y pudo concurrir a las elecciones con normalidad. Las promesas de impulsar importantes reformas anticorrupción bloqueadas por Giammattei durante los últimos cuatro años abre un hueco inesperado para un cambio real.