El 14 de agosto, exactamente 11 años, siete meses y dos días después de que Haití sufriera el terremoto más mortífero jamás registrado en el hemisferio occidental, el país fue golpeado por otro más fuerte. No fue exactamente en el mismo lugar que el primero, sino a 59 millas al oeste del goudougoudou, la palabra onomatopéyica en kreyol haitiano para referirse al terremoto del 12 de enero de 2010.
Luego, el 16 de agosto, la tormenta tropical Grace azotó a Haití, agravando los problemas que enfrenta la nación caribeña. Muchas personas -tanto en Haití como fuera de sus fronteras- respondieron a las noticias de las dos catástrofes naturales con la sombría frase "Haití nunca tiene un respiro". Otros se limitaron a las condolencias. "Pobre Haití", decían los mensajes de WhatsApp que circulaban entre la gente de Haití y la gente del extranjero que conocía el país. "Haití cherie. Pobre Haití cherie. ¿Qué puede hacer Haití? Problemas sin parar".
Representaba una idea fatalista, que supone que Haití está condenado a un sufrimiento constante, que sus problemas son inevitables y que nada cambiará.