“Yo era un militante de los sueños de la felicidad”, cuenta Jhomar Loaiza, un talentoso migrante venezolano en la isla de Curazao. Como millones de venezolanos (según ACNUR, hay 7,1 millones de personas refugiadas y migrantes en el mundo, con datos de Junio 2022) Loiza tuvo que abandonar su país y su familia para intentar salir adelante. Su sueño se quebró y tuvo que dejar atrás toda una vida para intentar reinventarse en la migración y poder remitir algunos dólares que permitan sobrevivir a los que dejó atrás en Venezuela.
Así, como millones de sus compatriotas esparcidos por toda América Latina, Estados Unidos, Europa, incluso la lejana Australia, Jhomar pasó a engrosar las filas de migrantes y refugiados que se han visto expulsados del país a raíz de la profunda crisis que está viviendo Venezuela desde el ascenso del teniente coronel Hugo Chávez, que gobernó entre el 1999 y el 2013. La debacle económica se agudizó con la llegada de su sucesor Nicolás Maduro y fue derivando en una grave crisis política y social, que finalmente estalló en 2014 y 2015 con marchas masivas contra el desabastecimiento y la escasez de productos de primera necesidad.
Una combinación de la caída de los precios del petróleo, la principal fuente de ingresos del país, con una dura crisis financiera y una gestión económica desastrosa produjo episodios de hiperinflación devastadores para el país suramericano. A ello se sumó una crisis humanitaria compleja acompañada de una grave crisis institucional que deslegitimó al gobierno de Maduro en 2016-2017 tras unas elecciones cuestionadas. Las protestas provocadas por esta situación insostenible fueron enfrentadas con la represión violenta de los opositores y la creación de las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES) que, según un informe de la ONU recogido por el New York Times, asesinaron a 5.287 venezolanos en 2018 y al menos a 1.596 en la primera mitad del 2019.